Con la entrega de medallas, diplomas, y las palabras del rector Carlos Williamson, la Universidad San Sebastián realizó este miércoles la ceremonia de investidura de profesores titulares, el reconocimiento más alto que la institución puede otorgar a sus académicos. El evento reunió a autoridades, familiares y estudiantes de todas las sedes en un acto que marcó un hito en la historia de la universidad.
La investidura convocó a 62 profesoras y profesores de diversas facultades, quienes recibieron su medalla rectoral en el escenario acompañados por el rector y el presidente de la Junta Directiva, Carlos Vio Lagos.
En su discurso, el rector Carlos Williamson enmarcó el acto en la larga historia de las universidades, evocando los orígenes de la Universidad de Bolonia hace casi mil años, para subrayar que lo que permanece a través de los siglos no son los edificios ni los reglamentos, sino la vocación de enseñar y aprender. Para Williamson, la titularidad es ante todo un reconocimiento humano: “Este grado es el fruto de años de estudio, de investigación, de dedicación a los estudiantes y de un compromiso profundo con la misión universitaria”.
Williamson también subrayó la responsabilidad que acompaña al nuevo estatus. “Los profesores titulares pasan a integrar el nosotros que conduce a la institución hacia el futuro, un colectivo que jamás debe confundirse con uniformidad, porque la verdadera vida universitaria surge de la convergencia de muchas voces y disciplinas en torno a un horizonte compartido”, señaló.
Andrea Leiva, profesora de Fisiología en la Facultad de Ciencias para el Cuidado de la Salud, reflexionó sobre el rol que le cabe al cuerpo docente en un mundo en transformación: “Nuestra tarea es acompañar a los estudiantes con herramientas que estén a la altura de los tiempos que corren”. Para Leiva, el impacto real del trabajo académico se mide fuera del aula: “Nuestros estudiantes son los motores del cambio; el cambio lo van a hacer ellos”.
Con 32 años de docencia, María Teresa Urrutia, directora de Investigación de la misma facultad, subrayó que la labor académica va más allá de la transmisión de conocimientos: “Formamos personas, y eso nos obliga a estar atentos no solo a los avances disciplinares, sino también a lo que viven nuestros estudiantes”. Urrutia sostiene que la tecnología y el acompañamiento humano deben ir de la mano.
La pasión como motor de la docencia fue otro de los ejes de la jornada. Patricio Oyarzún, académico de la Facultad de Ingeniería e investigador en nanotecnología e innovación, lleva la frontera del conocimiento directamente al aula: “Quiero que los estudiantes sientan la ciencia y la tecnología como algo entretenido y desafiante, no como algo árido o lejano. Además, intentamos entregarles una perspectiva moderna y hacerles entender que la investigación de vanguardia es lo que finalmente cambia el mundo“.
El historiador Cristián Medina, del Instituto de Historia de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, subrayó el valor de la descentralización del conocimiento. Radicado en regiones, su mayor orgullo es haber formado jóvenes de zonas apartadas que no necesitaron migrar a Santiago para desarrollarse: “Han podido volcar todo lo aprendido en sus propias comunidades, demostrando así que Santiago no es el único lugar donde una persona puede desarrollarse plenamente”.
La ceremonia cerró con 62 medallas entregadas y una convicción compartida: que el mayor reconocimiento no está en el título, sino en el impacto que cada uno de estos académicos ha dejado —y seguirá dejando— en sus estudiantes y en las comunidades donde ejercen su labor.