Columna: Patrimonio en ruinas, vestigio silencioso de un futuro incierto

Académica de Vinculación con el Medio de la Escuela de Arquitectura, Pamela Heyden, reflexiona sobre el aporte de las nuevas generaciones en la resignificación de los espacios en abandono para dar una nueva vida al patrimonio.

La noción de patrimonio en las últimas décadas ha ido cambiando desde una visión centrada en la alta cultura y valores de tipo artísticos o históricos, a un enfoque que incorpora valores más cercanos a la cultura popular y al valor social y afectivo de este legado. Este desplazamiento es el que, en parte, explica la creciente incorporación de las comunidades locales en la defensa de nuevas categorías o tipos de patrimonio.

Un ejemplo de estas nuevas categorías es el patrimonio industrial en sus distintas variantes, ya sea desde las industrias extractivas de la minería, las de producción de alimentos y aquellas ligadas al ferrocarril. Todas estas manifestaciones han ido quedando olvidadas a lo largo de los años dentro de nuestras ciudades, amarradas al tejido urbano, testigos silenciosos de lo que alguna vez fue una época de esplendor y desarrollo, muchas de ellas transformadas en ruinas con el pasar de los años. ¿De qué forma revitalizamos, ocupamos o vivimos el patrimonio industrial en ruinas en estas latitudes?

El patrimonio industrial, muchas veces testigo del dolor de obreros y trabajadores, se levanta como un patrimonio valorado por las comunidades en aras de mantener viva la memoria e identidad de los pueblos. Pero nos encontramos en una disyuntiva: parece que los recursos para este tipo de patrimonio no están al alcance de la mano. Se argumenta que los recursos públicos son escasos… Efectivamente, los recursos públicos son escasos. En un país donde las necesidades básicas de la población no están del todo cubiertas, por supuesto que no hay recursos suficientes para recuperar edificios abandonados.

El Estado protege el patrimonio a través de normativas, leyes, planes reguladores, declaratorias, pero pareciese ser que esta protección, al ser tan restrictiva, dificulta las intervenciones y procesos de recuperación. Los patrimonios protegidos, lentamente pasan a convertirse en ruinas, ya que la protección vuelve difícil su recuperación y rehabilitación. Empero, si el estado no los protege, su decaimiento y desaparición se acelera aún más. El desafío, entonces, no es la protección ni la inyección de recursos desde el Estado, sino encantar, enamorar y trabajar conjuntamente con la empresa privada.

Aun así, existe un mundo desconocido detrás de estos lugares: grupos de jóvenes que visitan los vestigios para transformarlos, darles un nuevo uso, una nueva mirada, una nueva vida. La estética de la ruina llama, encanta, enamora. Jóvenes están creando una nueva memoria en torno a estos espacios. ¿Cómo hacemos que estas dos realidades convivan? ¿Cómo recuperamos –en pos de la memoria y la identidad de nuestras comunidades– pero a la vez le damos la oportunidad a las nuevas generaciones de producir nuevas memorias, identidades, nuevos espíritus de lugar?

Hay que hacer un esfuerzo por revitalizar estas áreas. Tal vez hay que innovar y entender que, si el patrimonio no está vivo, no tiene razón de ser. Necesita ser vivido para mantener su importancia y valor en el tiempo. Las nuevas generaciones necesitan crear lazos y memorias con el patrimonio, por lo tanto, es necesario que esté disponible, ya sea como espacio público, como parque, como centro comercial, como cine, como museo, como ruina.

El patrimonio es resiliente en la medida que los profesionales sepamos entregarle una función continua y significativa en el tiempo. A mi parecer, deja de ser valioso cuando las personas y las comunidades dejamos de vivirlo… se transforma en una cáscara vacía. Su valor se amplifica cuando las personas lo experimentan de manera significativa.

Además, la idea de que el patrimonio debe ser vivido, sugiere que no es estático, por lo tanto, es importante reconocer y respetar las múltiples capas de significado que un lugar puede tener. La adaptación creativa de estas estructuras puede mantener viva su esencia y atraer a nuevos públicos, permitiendo que el lugar sea significativo en el contexto contemporáneo.

La consideración de los nuevos usuarios resulta, entonces, fundamental desde un enfoque del patrimonio no ya como un tejido estático que sólo nos remite al pasado, sino como un patrimonio vivo, que permite la continuidad entre la memoria y los nuevos usos de una sociedad siempre cambiante.

Pamela Heyden
Académica de Vinculación con el Medio
Escuela de Arquitectura
Universidad San Sebastián

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