La Segunda: PISA, muy malas noticias

En esta carta de opinión, el rector de la Universidad San Sebastián, Carlos Williamson, analiza los resultados de PISA 2025 y advierte sobre el deterioro de los aprendizajes en Chile y los nuevos desafíos que plantea la inteligencia artificial para la educación.

Los resultados de la prueba internacional PISA (2025) son malos para la gran mayoría de los 91 países participantes. El promedio de matemáticas y lenguaje sigue a la baja desde 2012: 35 puntos menos en poco más de una década. Se estima que 20 puntos menos en PISA representan un retraso de un año de escolaridad. O sea, gran impacto. Y Chile no fue la excepción a este desplome.

Más preocupante aún es que la recuperación observada en el Simce nacional postpandemia no se condiga con la PISA. Y esta es una mejor guía: presenta menos sesgos y es un barómetro de su preparación para la etapa universitaria. Según PISA, el 59% de los estudiantes chilenos de 15 años se encuentra bajo el Nivel 2 en Matemática, (38% en Lectura y 37% en Ciencias Naturales). El Nivel 2 corresponde al umbral que PISA utiliza para identificar competencias fundamentales para desenvolverse luego en distintos ámbitos de la vida. O sea, estamos frente a un retroceso educativo gigante.

En PISA global las percepciones que miden los cuestionarios entregan algunas guías: más estudiantes declaran “aburrirse” en clases; la comprensión de lectura sigue empeorando, y en medida importante, porque no hay pausa ni disfrute; el uso creciente de redes sociales distrae y afecta los resultados; el acoso escolar ha crecido. Así, parte del problema está al interior del colegio. en la sala de clases y el rol del profesor. Pero ahora hubo un nuevo invitado: la inteligencia artificial, IA. Y las noticias no son buenas.

La brecha en Ciencias entre quienes declaran su uso y aquellos estudiantes que no recurren a esta herramienta es nada menos que 25 puntos. Muy significativo. Porque el gran desafío de la educación en la era de la inteligencia artificial es decidir qué conocimientos, qué habilidades y qué valores necesitarán los estudiantes para prosperar en un mundo donde las máquinas piensan —o simulan pensar— cada vez mejor. Si las máquinas dominan cada vez mejor lo rutinario, la educación tiene que apostar, sin ambigüedades, por lo que no se puede automatizar.

Los humanos somos quienes le dan sentido a la información, conectan ideas que parecían inconexas y toman decisiones morales. Si la educación no defiende y cultiva estas capacidades, la IA no se limitará a automatizar tareas: erosionará, en silencio, buena parte de los cimientos de nuestra vida en común.

Fuente: La Segunda

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