La Segunda: Estudiantes que piensan

La inteligencia artificial puede convertirse en una aliada del aprendizaje si se utiliza para estimular el pensamiento crítico y la autonomía de los estudiantes. Así lo plantea Carlos Williamson, rector de la Universidad San Sebastián, en esta carta de opinión publicada en La Segunda.

Convengamos que los aprendizajes en la educación están declinando. PISA solo confirmó las sospechas. Pero si culpamos de todos los males a la IA podemos no solo equivocar el blanco, sino prescindir de una herramienta que, con los resguardos éticos, puede ser útil.

Hace 2.400 años, en las calles de Atenas, Sócrates no daba clases ni entregaba respuestas. Se acercaba a alguien que decía saber algo —qué es la justicia, qué es el valor— y, con una serie de preguntas simples, lo iba llevando a descubrir que su respuesta tenía fisuras. A ese momento de confusión productiva, los griegos lo llamaban aporía, y no era un fracaso: era el punto exacto donde empezaba el aprendizaje real.

La lógica de Sócrates tenía una regla de oro: nunca entregar la respuesta. Su valor no estaba en lo que él sabía, sino en las preguntas que hacía para que el otro construyera su propio pensamiento.

Un estudio en Alemania con futuros profesores comparó dos tipos de IA: una que simplemente respondía preguntas, y otra diseñada exactamente con esa lógica socrática: en vez de dar la respuesta, hacer más preguntas para que el propio estudiante llegue a ella. Quienes usaron el tutor socrático reportaron sentir mucho más apoyo para pensar de forma crítica e independiente.

Y así, la nueva capacidad se vuelve una ventaja, no un riesgo, porque puede hacer algo que un profesor no puede: sostener ese método con decenas de estudiantes a la vez, y recordar cada conversación. Un tutor virtual puede recordar lo que el estudiante argumentó la semana pasada y confrontarlo con eso, puede buscar por su cuenta una fuente que contradiga lo que el alumno acaba de afirmar, y puede descubrir patrones.

Esto cambia también el trabajo del profesor, pero no lo reduce: lo eleva. Pasa de ser quien entrega contenido a ser quien diseña el formato intelectual necesario para que el estudiante realmente aprenda a pensar.

La conclusión es simple, aunque incómoda: la misma tecnología que puede volver perezoso a un estudiante es la que, bien diseñada según el método más antiguo de enseñar a pensar, puede exigirle más que nunca. La diferencia nunca estará en el algoritmo. Estará en la intención y el diseño con la que lo configuramos.

Fuente: La Segunda

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