La Segunda de ayer relata que la legalización de apuestas en línea enfrenta en el Gobierno a dos bandos: los a favor por razones tributarias y los que se oponen por sus nocivos efectos. Y tienen razón. El juego en línea no es simplemente el casino trasladado a una pantalla. Es cualitativamente diferente en sus efectos adictivos por razones que la neurociencia y la psicología han documentado con creciente precisión.
Los jóvenes son especialmente vulnerables por razones neurológicas precisas. El adolescente que juega en línea opera con un cerebro cuyo sistema de recompensa está completamente desarrollado, pero su sistema de control de impulsos todavía no.
Es una combinación que las plataformas diseñadas para maximizar el “engagement” explotan sistemáticamente. Pero hay algo más. En el juego en línea emerge el crédito predatorio como fenómeno específico del ecosistema. Y este no opera en el vacío: requiere una estructura de cobro coercitiva.
El acreedor tiene información sobre el deudor —identidad, domicilio, lugar de trabajo, familia— que obtuvo en el proceso de la transacción o mediante vigilancia posterior. El cobro escala gradualmente desde la presión psicológica —mensajes intimidatorios, llamadas— hasta la amenaza física, pasando por la exposición pública —al entorno familiar y laboral del deudor— y, en los casos más graves, hasta la violencia directa.
Todo esto no puede quedar fuera del debate.
Fuente: Carta del rector Carlos Williamson a La Segunda.