Trabajo doméstico: una relevante labor aún invisibilizada y no valorada

Cuando hombres y mujeres participan del mercado del trabajo, el reparto equitativo de tareas, cuidados y labores domésticas es fundamental.

Trabajo doméstico: una relevante labor aún invisibilizada y no valorada

Desde el punto de vista de la división sexual del trabajo, y los modos en los que se organiza tradicionalmente la vida familiar en Chile, la responsabilidad del cuidado y la ejecución del trabajo doméstico recae sobre las mujeres, implicando una gran dedicación de tiempo, sobrecarga de labores y deberes, así como un gran aporte económico al país que, si bien históricamente ha sido invisibilizado, recientemente fue valorado en el “Primer estudio nacional de Valoración Económica del Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado en Chile”.

Alina-Muñoz-U-San-SebastiánEl informe indica que esta labor aportaría con el 21,8 % total del PIB nacional, mucho más que cualquier otro rubro económico, seguido por servicios financieros y empresariales con un 11.8 % de participación. Pero, ¿quiénes realizan el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado? En su mayoría mujeres. De acuerdo con datos del INE (2019) la tasa de participación de mujeres en el trabajo doméstico del propio hogar es de 98.7 %, en relación con las labores de cuidado los datos son aún más lapidarios, e indican que hacia el año 2050 cada mujer de edades comprendidas entre los 18 y 64 años deberá hacerse cargo de 3.8 unidades de cuidado. ¿Por qué las mujeres? Tradicional y culturalmente cada una de las mujeres asume desde su niñez la crianza, las tareas del hogar y la presencia para con los otros como características propias y esenciales de la condición femenina. En este aprendizaje sociocultural de la identidad de género, es que aparece el rol de las mujeres como pilar fundamental de la crianza y las labores del hogar.

En el caso de los hombres, existe uniformidad respecto a su participación en los diversos sectores de la economía, no como sucede con las mujeres.

A modo de ejemplo, y según resultados de la Encuesta Bicentenario (2017), un 46,7 % de las y los chilenos cree que es mejor para la familia que el hombre trabaje y la mujer se quede en casa. Por otro lado, un 59% de los mismos encuestados cree mujer debe postergar su desarrollo profesional a favor del apoyo de la carrera profesional y laboral de la pareja. Este posicionamiento obedece –entre otros factores– a las características de un mercado laboral que contribuye a reproducir y perpetuar los estereotipos de género relacionados con ciertas características, funciones y roles asignados a las mujeres: cuidado, protección, reproducción.

Además, es importante mencionar que, en el caso de los hombres, existe uniformidad respecto a su participación en los diversos sectores de la economía, no como sucede con las mujeres, donde es posible encontrar subsectores de la economía que están feminizados, como es el caso del sector servicios.

Desafíos

Frente a ello, el deber es replantearse una nueva forma de organizar los cuidados y el trabajo doméstico, así como reforzar la instalación de un nuevo modelo de división sexual del trabajo, ya que estas labores no pueden quedar en manos exclusivas de la mujer, sino que deben estar pactadas desde un reparto más igualitario y equitativo entre los géneros. Lo anterior, porque cuando hombres y mujeres participan del mercado del trabajo, el reparto equitativo de tareas, cuidados y labores domésticas es fundamental.

El deber es replantearse una nueva forma de organizar los cuidados y el trabajo doméstico, así como reforzar la instalación de un nuevo modelo de división sexual del trabajo.

Muchos de los cambios que se han suscitado durante las tres últimas décadas han requerido, entre otras cosas, promover y consolidar políticas públicas que se orienten en la búsqueda de equilibrar las experiencias del mundo doméstico y el mundo del trabajo remunerado, entendiendo dimensiones son fundamentales en el desarrollo de las personas y el alcance del bienestar.

Sin embargo, un desafío de tal magnitud no se puede realizar sin partir del reconocimiento de las desigualdades y brechas de género existentes, que bidireccionalmente, desde el mundo doméstico y familiar impactan el desarrollo y ejercicio de las relaciones y trayectorias laborales de mujeres y hombres. El desafío de las políticas públicas, entonces se sitúa en promover buenas prácticas laborales, desde un enfoque de género, pero que además impacten la vida cotidiana y familiar de mujeres y hombres. Políticas públicas que cuenten con una visión integral del sistema de relaciones sociales, y una prolija coordinación entre los diferentes organismos, actores y regulaciones.

Si seguimos pensando el cuidado de las y los hijos y el trabajo doméstico como labores exclusivas de las mujeres, desvalorizadas y como opciones voluntarias de los otros miembros del hogar, difícilmente los padres dedicarán más tiempo a ello y el país continuará sin comprender el tremendo valor social y económico que lo sostiene.

Alina Muñoz Rojas
Académica de Ingeniería Comercial
Universidad San Sebastián

Vea la columna en Diario Concepción

WhatsApp