Efecto Látigo se refiere a la ampliación de la variabilidad a medida que escalamos en la cadena de suministro, creando un clima de inestabilidad, lo que termina en una menor eficiencia operativa y financiera.
El reporte del Instituto Nacional de Estadísticas sobre Índice de Precios del Consumidor (IPC) arrojó un 3% acumulado para el cierre del 2020, cifra en línea con las proyecciones del Banco Central. No obstante, Chile, al igual que Brasil, mostró una mayor alza de este indicador en comparación con el resto de los países vecinos, donde los devastadores impactos económicos de la pandemia generaron una menor presión en el consumo (se excluye a Venezuela y Argentina, que arrastran problemas de inflación crónica).

Así, surgen constantes cuestionamientos de cómo un mercado con menos confianza, con una economía en contracción, con pérdida de empleo y con ello menor dinero circulante ve incrementados sus precios.
Este fenómeno puede ser atribuido a varias causas, pero cuando se analiza el mercado nacional, se ha vuelto una constante asociar este tipo de hechos al bullado retiro del 10% y su implicancia en el aumento del consumo, tanto de bienes esenciales como no esenciales. De hecho, esto podría explicar en parte el 18% de crecimiento en las ventas del sector retail durante el último trimestre del 2020, que logró ubicar a Chile como el país que presentó el mayor crecimiento a nivel mundial de la industria para este período.
Pequeñas perturbaciones en los últimos eslabones de la cadena de suministro, es decir, cercano al consumidor final, pueden generar fluctuaciones mucho más grandes, e incluso devastadoras, a medida que avanzamos hacia los eslabones superiores.
La cadena de suministro es víctima de un fenómeno dinámico conocido como “efecto látigo”, esto se refiere a la ampliación de la variabilidad a medida que escalamos en la cadena de suministro, creando un clima de inestabilidad, lo que termina en una menor eficiencia operativa y financiera. En palabras sencillas, esto implica que pequeñas perturbaciones en los últimos eslabones de la cadena de suministro, es decir, cercano al consumidor final, pueden generar fluctuaciones mucho más grandes, e incluso devastadoras, a medida que avanzamos hacia los eslabones superiores, vale decir, mientras más nos aproximamos al productor.
Las causas de este fenómeno pueden ser variadas. En los inicios de la pandemia, entre las más comunes estuvieron las “compras de pánico”, las que se tomaron portadas en los periódicos del mundo. Este tipo de causas se da principalmente en productos de primera necesidad, los que aumentan abrupta e imprevisiblemente su demanda, un ejemplo claro fueron las mascarillas, alcohol gel y harina, productos que en su momento no se encontraban o se transaban a precios muy superiores a los habituales.
No hay duda de que el análisis y los aprendizajes que nos dejará esta crisis permitirá desarrollar cadenas de suministro más dinámicas e industrias más resilientes.
Las restricciones sanitarias son otro obstáculo en el abastecimiento, provocan una mayor variabilidad en los tiempos de entrega, lo que se traduce en escasez dentro de la cadena logística, mayores costos de producción y finalmente un mayor precio final del producto. La industria alimentaria es una de las grandes afectadas, principalmente en el segmento agroalimentario de productos frescos, tanto es así que los productores y distribuidores se han visto en la obligación de cambiar su estrategia de suministro casi por completo, desafiados por la disponibilidad de mano de obra y la logística en general. De hecho, dentro de la canasta básica el sub-ítem alimentos incrementaron sus precios en un 8,1% para el año 2020, alza no vista en los últimos 10 años.
Si bien hay varios productos que han logrado estabilizar sus niveles de stock en sintonía con la nueva incertidumbre, la industria automotriz es un ejemplo de los impactos que puede alcanzar el efecto látigo dentro de la cadena de suministros. Más aún, solo hace un par de semanas y ya cumplido un año del inicio de la pandemia a nivel mundial, varias empresas reconocidas en la producción de automóviles han debido detener o reducir su producción por falta de un chip. Así, increíblemente la escasez de un pequeño componente lleva a la casi completa paralización de la cadena de suministros de esta industria.
El mercado automotriz chileno no es ajeno a este efecto e incluso esta contracción en la oferta logró incrementar impensadamente la demanda de autos usados y con ello un explosivo aumento en los precios, que hoy superan el 20% en comparación a igual periodo del año anterior.
Si bien hoy el escenario parece un poco más auspicioso gracias a los anuncios de vacunación masiva, los precios no dejan de ser especulativos. Pero, no hay duda de que el análisis y los aprendizajes que nos dejará esta crisis permitirá desarrollar cadenas de suministro más dinámicas e industrias más resilientes.
Rudy Carrasco Vidal
Secretario de Estudios de Ingeniería Civil Industrial
Universidad San Sebastián, sede Concepción
Vea el artículo en Diario Concepción