
La escena se repite en muchas salas de clases, con niños que se acercan demasiado al cuaderno, evitan leer en voz alta o parecen distraídos frente a la pizarra. Detrás de esas conductas, muchas veces, hay un problema visual no diagnosticado, y detectarlo a tiempo puede marcar la diferencia entre una trayectoria escolar con barreras innecesarias o un desarrollo pleno.
Desde esa convicción nació “Eduvisión docente: miradas que previenen“, un Proyecto Colaborativo de Vinculación con el Medio (VcM) que desplegaron la Universidad San Sebastián junto a la Dirección Regional de JUNAEB Biobío.
La iniciativa tuvo por objetivo fortalecer las competencias de docentes y educadoras de párvulos en la pesquisa visual inicial, entregándoles herramientas concretas para identificar signos de alerta y activar derivaciones oportunas.
Fernanda Espinoza, académica de Tecnología Médica y líder del proyecto, explica que “ellos y ellas están en contacto cotidiano sus alumnos en etapas clave del desarrollo, y muchas veces las alteraciones visuales pasan inadvertidas o se confunden con dificultades de aprendizaje”. La nueva etapa del proyecto surgió, precisamente, para cerrar esa brecha y avanzar desde la atención puntual hacia un modelo preventivo y sostenible.
Desde JUNAEB, la iniciativa –que tributa al Programa Territorial Hito “Más Nutrición Más Vida”, de VcM– respondió a un desafío estructural del sistema educativo y de salud. La directora Regional del Servicio, Paola Medina, subraya que la salud visual es un factor determinante en la permanencia y el éxito escolar, y que una alteración no detectada puede afectar directamente el aprendizaje y la integración de niños y niñas.
En ese sentido, destaca que este tipo de alianzas con la academia permiten “actuar preventivamente, optimizando recursos públicos y evitando costos futuros, gracias a una colaboración virtuosa entre el sector público y privado para enfrentar un problema de salud pública”.
El proyecto contempló focus group diagnósticos, talleres formativos estandarizados y actividades de sensibilización docente, además de la realización de tamizajes visuales clínicos en el Centro de Salud USS para los estudiantes derivados. Medina enfatiza que la capacitación transforma a docentes y asistentes de la educación en aliados activos, ya que “trabajan colaborativamente para identificar señales tempranas en el aula, lo que nos permite agilizar derivaciones y ampliar la cobertura de atención”.
Uno de los pilares del proyecto es la participación activa de estudiantes de Tecnología Médica, Educación Parvularia y Pedagogía en Educación Básica, quienes encuentran en esta iniciativa una experiencia formativa fuera del aula tradicional. Para Loreto Obreque, interna de Tecnología Médica USS, el trabajo en terreno fue decisivo en su proceso de aprendizaje. “Salir del box de atención y enfrentarme a un entorno distinto me enseñó a ser más paciente, didáctica y rápida, y a adaptarme a realidades que no siempre son controladas”, relata.
Desde el punto de vista técnico, la experiencia también fue clave para fortalecer competencias clínicas en terreno. Loreto Obreque explica que uno de los aprendizajes más significativos fue “perfeccionar la toma de agudeza visual pediátrica en entornos no controlados y de manera más eficiente”, junto con la capacidad de “diferenciar rápidamente entre variaciones fisiológicas propias de cada etapa del desarrollo visual y signos sospechosos de patologías como la ambliopía o los vicios de refracción”.
Pero el aprendizaje fue más allá de lo clínico. El trabajo interdisciplinario con docentes y educadoras le permitió conocer “distintas técnicas de los profesores para lograr los mejores resultados, con herramientas de manejo conductual y enfoques más lúdicos que motivan a los niños a cooperar”, además de orientar a los equipos educativos para que “puedan identificar signos de alerta visual en sus alumnos durante la sala de clases y priorizar oportunamente los tamizajes”, cuenta la estudiante.
En esa convergencia entre prevención, formación y trabajo colaborativo, el proyecto busca dejar capacidades instaladas más allá de su período de ejecución. Para Fernanda Espinoza, el desafío es avanzar hacia una cultura preventiva que se sostenga en el tiempo, ya que “cuando los equipos educativos cuentan con herramientas claras y se sienten parte activa del cuidado de la salud visual, la escuela se transforma en un espacio clave de detección temprana, equidad y bienestar para niños y niñas”, concluye.