¿Libertad de expresión o de agresión?

07 de abril de 2020

Reflexiones sobre el valor del respeto mutuo y la libertad de expresión en el mundo universitario en tiempos de pandemia.

¿Libertad de expresión o de agresión?

La molécula del COV-19 ha encendido una luz de solidaridad y esperanza a nivel global. Sin embargo, se ha visto ensombrecida por la actitud de grupos de jóvenes universitarios que, en diferentes lugares del mundo, están ejerciendo agresión virtual contra quienes no han estado de acuerdo con algunas de sus demandas que consideran justas.

juan-carlos-aguileraLa agresión contra quien no piensa o actúa con la mayoría, puede convertirse en una especie de democratismo totalitario, al intentar imponer el pensamiento único que se aleja de un aspecto fundamental del espíritu que caracteriza a la universidad. Así, queda en entredicho la fundada y razonada libre expresión de las ideas con la apertura a examinarlas y la disposición a cambiarlas cuando la evidencia y la verdad se descubren en un empeño común.

La libertad de expresión se ordena a la manifestación de una característica propia de la persona: el diálogo. Diálogo que, en su sentido original, corresponde a una búsqueda en conjunto de la verdad. Una libertad de expresión que busca intimidar y violentar a otro está cerrada al diálogo y a la búsqueda de la verdad. Una libertad de expresión cuyo fin es el hostigamiento, el miedo, corresponde a una práctica totalitaria que es justamente aquello que, quienes practican esta especie de doxing, dicen rechazar. No puedo exigir justicia cuando mis medios son injustos.

Una libertad de expresión que busca intimidar y violentar a otro está cerrada al diálogo y a la búsqueda de la verdad.

Quienes confunden la libertad de expresión con la libertad de agresión, tienen como premisa la impunidad para menospreciar, insultar, degradar, promover prejuicios, burlarse y humillar para intimidar, ridiculizar, acosar y hostigar a quienes no comparten la opinión de la mayoría. Hay demasiada evidencia en la historia para afirmar que la mayoría es un criterio seguro de la verdad.

El respeto irrestricto a la dignidad de la persona es el límite y condición de posibilidad de la libertad de expresión. El ejercicio de la libertad de expresión entraña responsabilidades y deberes. Entre otros, respeto y derecho a la intimidad, al honor y la honra, la protección de la reputación e impedir la divulgación de informaciones que están en el ámbito de la intimidad personal.

Cuando la libertad de agresión invade los campus virtuales de la universidad, los profesores tenemos una responsabilidad ineludible en detener ese tipo de actitudes y, de manera eminente, dialogar y discutir con altura de miras, como debe ser en la casa del saber común. Desafortunadamente, hay una cierta tendencia en algunos profesores en “abanderizarse” con las causas de los alumnos, claudicando de la labor propia que nos corresponde, la que consiste en desafiar la capacidad de pensar de los alumnos y, a través del diálogo sereno, abordar los problemas en su complejidad técnico-científica y humana, llevando la capacidad intelectual al “límite de sus posibilidades”.

El respeto irrestricto a la dignidad de la persona es el límite y condición de posibilidad de la libertad de expresión.

Desde luego, cada uno es libre de pensar lo que quiera. Pero lo que no es aceptable son las agresiones y faltas de respeto a los demás. Por eso, la ciudadanía clásica se definía y ejercía en el derecho a intervenir con la palabra libre, no con la agresión. Además, la fundada y razonada libre expresión de las ideas engrandece a la universidad y demuestra la madurez intelectual y cívica de quienes la conforman.

Por eso, ante la agresión virtual en forma de humillación, acoso, amenaza que impide la libertad de expresión, el remedio es exigir respeto sin claudicaciones ni temor. Sin respeto, es imposible la existencia de una sociedad como la Universidad. Y, como la agresión precede al delito, convertirse en una comunidad de bandidos y malhechores, y no en la de la búsqueda incansable de la verdad, el bien y la belleza, estaría a un solo paso.

Juan Carlos Aguilera
Académico del Instituto de Filosofía
Universidad san Sebastián