¿Cerebro de hincha?: La neurociencia revela qué pasa cuando tu equipo gana (o pierde) contra el archirrival

Un estudio publicado en la revista Radiology utiliza neuroimágenes para descifrar por qué la euforia de un gol y la amargura de una derrota se sienten con una intensidad que transforma al hincha más racional. Los hallazgos muestran cómo la rivalidad deportiva enciende los circuitos de recompensa del cerebro de forma similar a otros placeres y, a la vez, puede desconectar el control emocional ante un fracaso.

Tres personas mirando un partido de fúltbol en un televisor, con las manos levantadas

En el fútbol, cuando un gol puede inclinar el rumbo de un partido, las emociones suben desde la cancha, traspasan a la tribuna y se cuelan a través de la pantalla. Envuelven el cuerpo acelerando el pulso, tensando los puños y provocando gritos casi involuntarios.

Esa intensidad, que para quien no es hincha puede parecer desproporcionada, fue el punto de partida de un estudio liderado por el neurocientífico Francisco Zamorano, académico de la Facultad de Ciencias para el Cuidado de la Salud de la Universidad San Sebastián, que reclutó a 60 hinchas hombres de Colo-Colo y Universidad de Chile.

La investigación usó resonancia magnética funcional (fMRI) para observar, en tiempo real, qué redes cerebrales se encienden cuando el equipo propio anota frente al rival y qué ocurre cuando sucede lo contrario.

Durante el examen, cada participante vio secuencias de goles de partidos reales, organizadas para comparar cuatro situaciones clave: goles a favor contra el archirrival, goles a favor contra otros equipos, goles en contra del archirrival y goles en contra de otros equipos. Esta distinción fue crucial para aislar el efecto específico de la rivalidad.

La gloria: El cerebro en modo recompensa

Los resultados mostraron un patrón claro cuando el equipo favorito marcaba un gol contra su rival histórico, una situación que los investigadores denominaron “victoria significativa”. En ese momento, el cerebro de los hinchas encendía con fuerza su sistema de recompensa. Aumentaba la actividad en regiones como el estriado ventral y la corteza prefrontal medial, áreas profundamente ligadas al placer, la motivación y el refuerzo de la identidad socia.

Es decir, el cerebro reaccionaba a un gol contra el archirrival de forma similar a como lo hace con otros estímulos placenteros y adictivos. La victoria no solo “se siente bien”, sino que refuerza neurológicamente la pertenencia al grupo, explicando por qué el fanatismo puede ser tan absorbente.

La derrota: cuando el cerebro “amortigua” el golpe

Por el contrario, cuando el archirrival anotaba un gol —la “derrota significativa”—, el cerebro cambiaba de modo. Se observaron dos fenómenos simultáneos y fascinantes. Por una parte, aumento de la actividad en la “red de mentalización”, activándose áreas que usamos para interpretar las intenciones y emociones de otros, junto con regiones de atención visual. Es como si el cerebro hiciera zoom para procesar qué acaba de pasar y por qué es tan devastador.

Al mismo tiempo, se observó disminución de la actividad en el control emocional. Se redujo drásticamente la actividad en la corteza cingulada anterior dorsal (dACC), una región clave del cerebro que nos ayuda a regular las emociones y a decidir qué es importante.

En lugar de una “pérdida de control”, los autores sugieren que esta “desconexión” podría ser un mecanismo de afrontamiento: ante un golpe emocional tan fuerte, el cerebro reduce su propia capacidad de regulación para amortiguar el impacto.

Este efecto era aún más notorio en los hinchas más fanáticos. A mayor nivel de fanatismo, mayor era la desactivación de esta área de control emocional durante las derrotas. Esto ofrece una explicación neurobiológica de por qué, en contextos de alta rivalidad, las reacciones pueden oscilar tan bruscamente entre la euforia y la frustración o incluso la agresividad.

Más allá del estadio: Un modelo para entender la sociedad

En una editorial que acompaña al estudio, los neurorradiólogos de Harvard Michael H. Lev y Otto Rapalino destacan que el fútbol es un modelo excepcional para estudiar la identidad social y la rivalidad en un entorno real. Subrayan que comprender estas reacciones ayuda a mirar más allá de la psicología deportiva para entender los circuitos cerebrales implicados en la polarización, la cooperación y el conflicto en otros ámbitos, como la política o la religión.

“Lo interesante del fútbol es que nos permite observar cómo la identidad con un grupo y la rivalidad moldean nuestras emociones”, comenta el Dr. Francisco Zamorano. “Entender este mecanismo nos ayuda a mirar con más claridad cómo se construyen los ‘nosotros’ y los ‘ellos’ en la sociedad”.

Al final, el estudio abre una ventana a preguntas mayores sobre la experiencia humana. Al observar cómo una pasión tan arraigada moviliza circuitos profundos de placer y control, la neuroimagen se convierte en una herramienta para leer cómo se forja nuestra identidad en comunidad, tanto en la alegría compartida de una victoria como en la tensión colectiva de una derrota.

La importancia de la niñez en la regulación emocional

Estos hallazgos ofrecen una perspectiva adicional que trasciende el deporte y se conecta directamente con el desarrollo infantil. El estudio publicado en la revista Radiology muestra que, ante la derrota, mientras el centro de control emocional (dACC) se “apaga”, la red de mentalización se activa para intentar dar sentido a la situación.

Esta capacidad de mentalizar —entender los estados mentales propios y ajenos— no es innata. Se construye y fortalece durante la primera infancia a través de la interacción con cuidadores, el juego y las narrativas.

Por lo tanto, un desarrollo saludable de esta red en la niñez podría ser un factor protector clave para toda la vida. Una red de mentalización robusta, forjada en un entorno seguro y estimulante, equipa al cerebro con las herramientas cognitivas para procesar la frustración y la adversidad sin depender únicamente de los circuitos de control emocional.

En la adultez, esta capacidad se convierte en un pilar de la resiliencia, permitiendo afrontar desde una derrota deportiva hasta desafíos mucho más complejos, demostrando que el cuidado en los primeros años de vida es fundamental para construir las bases de la salud mental y la regulación emocional a largo plazo.

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