Reflexiones sobre los valores USS

Los invitamos a leer y reflexionar acerca de nuestros valores institucionales, en estos artículos escritos por los académicos del Instituto de Filosofía

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Llamados a vivir la Justiciaplus

La Universidad San Sebastián declara en su Proyecto Educativo que su tercer valor institucional es la caridad y la justicia, entendiendo que no hay una sin la otra. Nuestra carta de navegación institucional declara que el ejercicio de la justicia nos “permite ordenar el desarrollo de la sociedad en función del Bien Común, y la conducta individual de cada uno, en función de esa máxima ética que dice, “haz al prójimo que lo que desearías que hicieran contigo” [1].

Sabiendo, entonces, que en nuestra Universidad es una piedra angular el ejercicio de la justicia, valdría la pena preguntarnos ¿qué entendemos por ella? La USS en coherencia con su Proyecto Educativo humanista cristiano entiende la justicia como “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que corresponde de suyo”. Llevar a la práctica la justicia requiere sin duda de otra gran virtud como la prudencia.

Habiendo definido lo qué es la justicia, es interesante hacer notar por qué y en qué debe estar presente en nuestra comunidad universitaria, para ello, convendría analizarlo en tres dimensiones: colaboradores, académicos y estudiantes.

En primer lugar, podemos decir que la práctica de esta virtud en los colaboradores implica entregar un servicio de calidad en todos los ámbitos de nuestra universidad, la atención a las distintas situaciones o complejidades que se presentan en el cotidiano de la vida universitaria, en planificar adecuadamente las distintas tareas que les corresponde desarrollar y dar un buen trato a las personas que necesitan resolver consultas o problemas.

En un segundo lugar, a los académicos les corresponde preparar una buena clase, diseñar estrategias adecuadas para entregar su programa de estudio, dar un trato cordial y respetuoso a todos y cada uno de sus estudiantes, evaluar de modo ecuánime y formar con el ejemplo y la responsabilidad, a los estudiantes.

Por último, es tarea del estudiante, en virtud de la justicia, cumplir de forma apropiada con sus obligaciones académicas, trabajar con sus pares responsable y colaborativamente, establecer relaciones humanas basadas en el buen trato con sus compañeros, profesores, colaboradores y autoridades de la USS; además, de actuar de manera honesta y verdadera en toda su vida.

Para finalizar, es bueno recordar que también la Universidad San Sebastián busca aportar a la comunidad desde su sello educativo y su gran vocación pública, por consiguiente, es necesario formar buenas personas y buenos profesionales que colaboren con la búsqueda del bien común en la sociedad, en pro de un Chile mejor y más justo, siendo labor de todos los miembros de la Universidad formar estudiantes que vivan y practiquen la justicia.

Juan Carlos Alvial V.
Profesor del Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián

[1] Universidad San Sebastián, Proyecto Educativo (2018 – 2028), p. 18

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Por el amor de Diosplus

Hace algunas décadas, en un Chile materialmente más pobre que el de hoy, no era raro toparse con muchas personas mendigando por las calles. Pobres que el siglo XIX español llamó: “pobres de solemnidad”. Esos pobres solían pedir ayudas de distinto tipo: dinero, alimentos, vestidos, cobijo, igual que los pobres de hoy. Pero aunque las peticiones eran variadas, -en nuestro país-, concluían casi siempre con la expresión: “por el amor de Dios”.

Más allá de lo que cada una de esas personas haya podido tener en su mente cuando pedía de esa forma, ¿qué quería decir, en el fondo, con esa expresión?

Pedir, “por el amor de Dios”, no es lo mismo que pedir “por piedad” o “por justicia”. La compasión apela a que la persona se conmueva ante la pobreza ajena, y la justicia a que de alguna manera el interpelado reconozca la existencia de una deuda que él podría contribuir a paliar.

Pero, qué quiere decir alguien, cuando le pide a otro: “por el amor de Dios”. Más allá de la mayor o menor conciencia que una persona pueda tener cuando demanda de esa manera, ¿qué quiere decir objetivamente esa expresión?

Darle algo a alguien, “por el amor de Dios”, implica que uno intente ponerse frente a otro, con la misma actitud que Dios tiene con nosotros, más allá incluso de la piedad o compasión que podamos o no experimentar, y más allá de la mayor o menor conciencia de injusticia que podamos tener.

¿Y qué significa intentar tener hacia otro la misma actitud que tiene Dios con nosotros? Significa mirarlo como un hermano o una hermana, o como a un padre, o como a un hijo, sin juzgarlo, sin despreciarlo, con benevolencia, con simpatía, con ternura. Implica darle al otro algo ‘porque sí’, sin otro motivo que el que deriva de su dignidad de persona, la que, por su misma naturaleza, exige ser amada. Y exige ser amada por una exigencia que no es de justicia sino de amor.

Querer a alguien, o quererle algo a alguien ‘por el amor de Dios’ o ‘por caridad’, como también se puede y se suele decir, es querer a otro como a uno mismo, querer positivamente para el otro lo que yo quisiera para mí, no querer para el otro lo que no quiero para mí.

Querer por el amor de Dios, o querer por caridad, es un modo particular de querer a otro y de quererse a sí mismo. Es un querer desinteresado, un amor gratuito, un amor incondicional, un querer que nos trasciende y que nos supera.

Dice Pablo de Tarso hablando de ese amor: “No se alegra de la injusticia, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo”.

Los seres humanos, por nosotros mismos, no solemos querer así, en realidad, los seres humanos no podemos querer así.

Se necesita un Dios para querer así.

Por eso el amor de caridad no es un amor humano, es el amor de Dios, que “transita” misteriosamente desde nosotros hacia los demás, y de ellos hacia nosotros. Es el amor de Dios que recorre nuestras calles, nuestras casas, nuestros lugares de trabajo y de descanso, en nuestras aulas, patios y bibliotecas. Siempre y cuando queramos, dejarlo transitar. En nosotros está el darle o no “la pasada”, en nuestra universidad.

Alejandro Serani M.
Profesor del Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián

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El Espíritu de Superación y el Progreso Personalplus

Toda persona humana está llamada, en razón de su naturaleza libre y racional, a buscar su perfección sin descanso. Tan grande es el valor que emana de la dignidad humana, que estamos no solo llamados a hacernos cada vez mejores a nosotros mismos sino que también a ayudar a otros a lograrla. Esta doble exigencia se verifica principalmente en la familia, lugar natural de la educación, en la que los padres se perfeccionan como personas precisamente en la medida en que se entregan a la labor de ayudar a crecer a sus hijos. Es esta característica la que explica la belleza y nobleza de toda obra educativa, no solo de la familiar sino que también de la escolar y universitaria.

De lo anterior se desprende fácilmente por qué la Universidad San Sebastián, cuyo proyecto humanista cristiano tiene como fundamento último la eminente dignidad de toda persona humana, tenga al “espíritu de superación y el progreso personal” como uno de sus valores institucionales. Con este valor se desea resaltar que su propósito no consiste tan solo en formar profesionales competentes, sino que también en cooperar con el progreso integral de cada alumno. Podría incluso afirmarse que toda la vida universitaria ha de girar en torno a fomentar y hacer posible el crecimiento de todas sus capacidades.

¿En qué consiste más precisamente el progreso o crecimiento personal? Puede aventurarse que progresar es prácticamente sinónimo de vivir. La vida adquiere un sentido mucho más estable cuando es orientada no tanto a conseguir unos bienes determinados sino que a crecer interiormente como personas, pues de este interior es de donde emanan todas nuestras buenas obras. Que cada cual sea capaz de crecer, de llegar a ser más, constituye el verdadero desafío humano. Y la nota más relevante de este continuo progreso es, como han notado algunos filósofos, su naturaleza irrestricta, es decir, carente de verdaderos límites. Hay crecimientos que son limitados y en algún momento se estancan o llegan a su máximo, u otros que en apariencia no tienen límites -como aumentar de peso, o acumular cosas o dinero-; pero se trata de casos que no pueden por sí mismos hacer crecer a la persona como tal, pues consisten en un aumento meramente cuantitativo. En cambio, el crecimiento de la persona integralmente considerada es, en estricto rigor, infinito, en la medida en que el bien puede obrarse de modo cada vez más intenso: en una palabra, el hombre puede elevarse sin medida hasta el fin de sus días.

¿En qué crece, entonces, el hombre? Nada menos que en virtudes, las cuales constituyen el más alto fruto de nuestras acciones cuando su ejercicio es constante y se encuentran rectamente dirigidas hacia bienes verdaderos y no hacia los aparentes o caducos. Podemos distinguir tres grandes direcciones en las que es posible adquirir virtudes: la primera y la más básica, es nuestra capacidad técnica de producir efectos que consiste en saber hacer. La segunda dirección es la intelectual o reflexiva: el hombre jamás deja de entender y de hacer crecer su comprensión acerca del mundo, y nunca deja de tender hacia la sabiduría y de intentar elevarse mediante el conocimiento: nadie puede ser más sabio de lo aconsejable, pues podemos conocer infinitamente y cada vez con más profundidad y obtener cada vez más goce en el saber.

La tercera y la más importante consiste en el crecimiento o progreso moral, vale decir, el que corresponde a nuestro ser globalmente considerado. En esta dimensión es en la que el hombre se juega su definitivo valor como persona: siempre podemos crecer en justicia, en fortaleza, en paciencia, en laboriosidad, en el dominio de sí, en humildad, en generosidad, en prudencia, en capacidad de amar al prójimo. Cada vez que practicamos estas virtudes, fortalecemos nuestro ser, apuntamos más arriba y, en una palabra, crecemos.

La tendencia del hombre a progresar y crecer requiere también una constante disposición a sobrepasar nuestros momentáneos límites y lanzarnos hacia lo mejor, a lo humanamente superior, hasta que nuestro tiempo se termine. Esta capacidad realmente infinita de elevación no debe ser confundida con nuestra sola capacidad “de hacer” o de “mostrar resultados”, porque bien podríamos ser eficaces, destacados o reconocidos y poseer al mismo tiempo toda clase de vicios, malas intenciones y egoísmos. Pero el deseo de progresar es casi siempre una tarea ardua, y en muchas ocasiones supondrá rebelarse contra las propias miserias, defectos o ignorancias, para poder anhelar metas altas y nobles.

En esto consiste precisamente el espíritu el espíritu de superación. Todos percibimos que tenemos límites, pero ¿cuáles son realmente los míos, cuál es la verdadera medida de mis capacidades? Generalmente las conozcamos muy parcialmente, al no haberlas ejercido con suficiente intensidad, ya sea porque no tuvimos la necesidad o porque sencillamente hemos evitado exigirnos. A la pregunta “¿hasta dónde puedo?”, muchas veces habría que responder con sinceridad: “no lo sé”. También puede ocurrir que nuestra voluntad se halle debilitada por el temor -casi siempre infundado- de no ser capaces de lograr nuestras metas. Si este fuera el caso, a la misma pregunta anterior, la respuesta natural sería: “prefiero no averiguarlo, porque intuyo que fallaré”.

En ambas situaciones, en el desconocimiento de nuestras capacidades o en el temor al fracaso, las solución es parecida: abrir nuestra inteligencia, ponerse en camino (“un viaje largo comienza siempre con un solo paso”, dice un proverbio chino), no conformarse con poco y, en fin, extremar los propios talentos para que emerja todo eso que aún permanece en germen dentro de nosotros. Podría también expresarse así: el espíritu de superación “desata” nuestro ser, rompe sus cadenas, liberando así capacidades que apenas intuíamos que existían.

¡Y cuántas dificultades y vallas experimentamos cotidianamente! Pareciera como si la vida se encargara de hacernos las cosas más difíciles y de desalentarnos constantemente de conseguir nuestros legítimos objetivos. Es cierto que muchas veces un sano realismo nos mostrará que es razonable abandonar determinados proyectos, pero la mayoría de las veces estaremos tentados a desistir del esfuerzo por conseguir metas que anhelamos profundamente. Nos frustra no alcanzarlas ni con el esfuerzo ni rapidez que nos gustaría. Pero martirizarse por estos normales tropiezos no tiene en realidad mucho sentido. Cuando hemos ejercitado debidamente nuestro espíritu de superación, las dificultades que vivimos pueden hasta ser bien recibidas, en la medida en que percibamos que detrás de ellas, por más dolorosas que sean, se esconden posibilidades reales de progresar como personas, es decir, de crecer en virtud. En la medida en que exista el ánimo y la voluntad suficientes, para nuestro espíritu no existe realmente el confinamiento.

Pablo Follegati T.
Profesor del Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián

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La fortaleza o el arte de resistir para alcanzar grandes metasplus

A veces, nos vemos tentados, sobre todo después de un periodo de duro trabajo (más en medio de una crisis mundial), de sucumbir a una tendencia poderosa, pero frente a la cual no podemos dar tregua ni rendirnos. Esta es la blandura, el apagamiento o la indiferencia. Corremos el peligro de irnos deteriorando a medida que las circunstancias parecen complicarse más y llegar a engañamos con la idea de que no queda mucho que hacer más que esperar a que las circunstancias mejoren. Sin embargo, es claro para cualquiera que piense en serio que esta situación de inercia o embotamiento no puede prolongarse mucho, si aspiramos a mantenernos fieles a nuestros objetivos e ideales. La historia nos muestra que los tiempos de crisis son más bien una oportunidad de crecimiento que una catástrofe de la existencia, si se sabe reaccionar de la forma debida. En este propósito contamos con la posibilidad de desarrollar una virtud que, precisamente, se especializa en trabajar sobre nuestra debilidad física y emocional y garantiza que conservemos nuestra libertad de crecer por dentro: esta es la fortaleza.

Para comprender todo el alcance de la fortaleza, una de las cuatro virtudes cardinales (junto con la prudencia, la justicia y la templanza). Una virtud es un hábito que nos dispone de manera estable a actuar con perfección y a conseguir un fin.

Las virtudes de la templanza y la fortaleza nos hacen ser dueños de nosotros mismos. Nos ayudan a guiar nuestras pasiones (el deseo, la tristeza, el miedo, el desaliento) hacia el bien en lugar de dejar que estas nos guíen a nosotros. Ante un peligro, mal o dolor inminente sentimos temor, miedo o desesperación. A veces es bueno sentir miedo (como cuando manejamos por una autopista con escarcha), pero otras nos atemorizamos ante males imaginarios. Y otras nos dejamos paralizar ante los contratiempos de cumplir con un deber, como decir la verdad. La fortaleza nos permite afrontar los miedos injustificados o no racionales sin exponerse a peligros innecesarios. Nos permite desarrollar la valentía, término medio entre la timidez (ser excesivamente temeroso) y la temeridad (carecer del temor razonable).

Para los miembros de la Universidad San Sebastián, la fortaleza es un valor especialmente importante y ligado a nuestra labor como alumnos, docentes y asesores. Si, como dice nuestro lema, queremos ser mejores personas y mejores profesionales, para servir a la sociedad de la mejor manera posible, tenemos que trabajar nuestra fortaleza. Esta nos permite resistir, lo que es muy necesario para emprender grandes proyectos. Actuar con firmeza de carácter ante un bien que queremos, pero que es difícil de conseguir, como lo es la adquisición del conocimiento, exige moderar la tendencia a evadir las dificultades e impulsarnos a la realización de la obra buena, en este caso, el estudio, el aprendizaje y la enseñanza bien hechos, así como todos los quehaceres universitarios.

Tal vez lo más difícil es resistir cuando el bien es a largo plazo y surgen obstáculos, a veces por parte de terceros (como cuando nos interrumpen o nos vemos agobiados por evaluaciones o correcciones). Entonces la paciencia, que es una parte integrante de la fortaleza, viene en nuestra ayuda. En otras ocasiones se pierden las ganas de seguir luchando, nos cansamos o aburrimos, y la perseverancia -otra parte integrante de la fortaleza- nos hace continuar dando la batalla. El secreto de la paciencia y la perseverancia está en saber controlar con la voluntad y la razón la tristeza o desánimo que surge de la dificultad o del cansancio de nuestra sensibilidad, poniendo en nuestra mente el bien grande que buscamos y su valor. Paciencia y perseverancia son virtudes que requieren ingenio para saber ver el lado bueno de las cosas o el “vaso medio lleno”, como el avance logrado hasta el momento (aunque parezca pequeño).

Lo anterior nos conduce a considerar otra virtud integrante de la fortaleza: la magnanimidad o arte de aspirar a las cosas grandes. Muchas veces oímos decir que tenemos que aspirar a volar alto. Pero, ¿qué es lo alto? Contrariamente a lo que se suele creer, no es siempre lo que más brilla ni lo más portentoso: pueden ser cosas muy simples, modestas y sencillas. En la vida universitaria es fundamental la comprensión de que lo fundamental en el aprendizaje no reside en buscar a toda costa el éxito académico, sino en formarnos para dar el máximo de nuestras posibilidades en la búsqueda sincera del conocimiento y de la verdad. Así, debe evitarse la pusilanimidad (el no reconocer lo que se puede hacer) así como el pretender más de lo que objetivamente se puede (pretensión) en un actuar desesperado por brillar que priva de la calma necesaria para aprender y enseñar. El profesor y el estudiante magnánimos buscan el honor (que es la consecuencia de actuar virtuosamente) en la medida justa, sin desalentarse si se sufren deshonras inmerecidas o fracasos. El magnánimo es agradecido, toma las obras mas grandes que puede hacer, buscando en todo la justicia y la verdad por sobre lo aparente. Es con todos amable en el trato, sabe desprenderse de los bienes exteriores, pero se une a las causas nobles, aunque sin inquietudes innecesarias, pues se conoce bien y sabe qué le corresponde hacer y qué no. La magnanimidad propicia la constancia, es decir, el “esfuerzo continuado”. En efecto, la constancia supone un ideal, la búsqueda de alcanzar bienes altamente valiosos. Sin constancia nunca seremos nosotros mismos, ya que nos dispersaremos. Empezar muchas cosas, pero no terminar ninguna, esconde dejar lo que se ha comenzado en razón del esfuerzo que requiere. Interrumpir una cosa y abocarse a otra puede encubrir que se evade el esfuerzo de la tarea actual. En este punto resulta útil considerar algunos factores de la inconstancia: en general son malos hábitos que hemos desarrollado, algunos ya mencionadas. Por ejemplo, la pereza, que es el placer del menor esfuerzo; la vanidad o el desprecio por lo que aparentemente tiene poco colorido o parece demasiado “modesto” y “anónimo”; la ambición desmesurada, que puede hacernos pasar por alto, por ejemplo, el estudio de las materias básicas, pero fundamentales. El “laborioso”, en cambio, es quien ha vencido la pereza habitualmente, porque conoce el valor del tiempo y el sentido de la vida: ser mejores personas, mejores profesionales y mejores ciudadanos.

Constanza Giménez
Profesora del Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián

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Que no falte la alegríaplus

Todos sabemos de lo que estamos hablando cuando mencionamos la palabra alegría. Es uno de aquellos términos familiares que cuando se menciona inspira holgura en el alma e ilumina el semblante humano como pocas cosas logran hacerlo. Sin embargo, la gran interrogante es cómo discernir la verdadera alegría de aquella aparente. Bien lo notó Séneca al advertir que todos los hombres la buscan con especial interés provocando en su intento una disparidad de opiniones. Por lo que resulta válido preguntarse no solo ¿qué es la alegría? sino también ¿por qué es uno de nuestros valores institucionales?

Si la alegría surge en lo profundo de nuestro corazón será necesario entonces descubrir qué hay en él, que lo convierte en la fuente más codiciada de ricos y pobres; de niños y adultos. Estar contento no es una opción más, lo deseamos como deseamos la vida misma. Al parecer la alegría es una emoción expansiva que nos hace vivir intensamente cada momento de nuestra vida por pequeños que sean. La naturaleza de la alegría verdadera no está en la epidermis de las cosas ni en la superficialidad de los hechos, está en el interior de cada cual como un cofre esperando a ser abierto. Su llave por cierto nos pertenece, pero no se nos entrega irreflexivamente. Su requisito de acceso es sencillo, aunque exigente: conocerse a sí mismo. ¿Cómo podemos saber que la alegría encontrada o aquella que nos afana es realmente la que importa, si en realidad no sabemos qué queremos? En otras palabras, ¿la alegría es para mí aquello que simplemente me hace reír? O más bien, ¿aquella que aún faltando la risa es capaz de contentar el alma? Lo cierto es que la alegría no es el secreto mejor guardado. A cada instante estamos tomando una postura frente a ella: si no estamos alegres lo más probable es que nos aceche la tristeza y cuando esto sucede nuestra ilusión de alcanzarla se convierte en un trozo de hielo derritiéndose al sol.

El hecho de que la alegría brote de las entrañas mismas del corazón humano, nos muestra que su raíz no está en la superficie sino en lo hondo de nuestro ser, allí donde solo el amor es capaz de transformar la simplicidad de un hecho en algo radicalmente alegre. En efecto, la alegría tocada por el amor tiene el poder de sobreponernos a la dificultad, al dolor y a la incertidumbre. Es cierto, que no podrá quitarnos el dolor físico de una enfermedad como tampoco la dificultad externa del diario quehacer, con lo que, en ocasiones, a nuestro pesar, las lágrimas caerán inevitablemente por nuestras mejillas. Sin embargo, cuando la alegría está fundada en el amor, es capaz de reforzar nuestra condición humana de tal manera que nos permite renovar interiormente las razones profundas por las cuales vale la pena vivir a pesar de todo. Solo el amor mantiene la alegría encendida sin importar las cenizas que amenazan con apagarla.

Pero, la alegría nunca es demasiado propia que no se pueda comunicar o, mejor dicho, nunca será plena sino no es compartida. El encuentro alegre de personas es el ámbito que marca los límites dentro de los cuales el amor juega sin límites. Así, el encuentro con otros lejos de amenazar mi desarrollo personal se convierte para mí en posibilidad de ser mejor y de llegar más lejos. Un camino resulta más breve en compañía de otros y el rostro de quienes amamos no se olvida porque la alegría de su recuerdo nos sostiene. Y, es que la alegría fundada en el amor no acaba en mí, sino en la felicidad del otro, lo que explica de algún modo la doble alegría que significa el amor cuando comparte el afecto de un “nosotros”.

La universidad nos propone la alegría como un valor institucional en cuanto somos una comunidad de personas que la ocurrencia de la vida nos juntó con un propósito claro: buscar el bien propio y el de los demás. De tal modo que no olvidemos que el amor cuando alimenta la paz del alma hace que la alegría surja espontánea de una y mil maneras.

Dr. Guillermo Tobar Loyola
Académico Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián

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Laboriosidad y trabajo bien hechoplus

Imaginemos por un momento al gran artista italiano Miguel Ángel en su taller, terminando una de sus obras maestras: por ejemplo, el David. Imaginemos que le está dando los últimos toques y, cuando por fin la ha terminado, da un par de pasos hacia atrás para contemplar la obra que ha hecho. ¡Cómo habrá sido esa sensación! habrá sentido probablemente una tremenda alegría y emoción de que algo tan bello, tan bien hecho, haya salido de sus manos. Se dice que cuando finalizó su escultura del Moisés, le dio un martillazo en la rodilla preguntándole “¡por qué no hablas!”.

Todos en mayor o menor medida hemos sentido algo de esa satisfacción en el logro de un trabajo, especialmente si ha costado muchas horas de esfuerzo. Cuando hemos puesto entusiasmo, creatividad y corazón en la labor que hemos realizado, contemplamos nuestra obra una vez culminada y luego disfrutamos de un descanso satisfecho. Probablemente nos nacerá espontáneamente compartir el fruto de nuestro trabajo con los demás (lo bueno tiende a difundirse decían los filósofos medievales). Estas experiencias nos revelan que el trabajo no tiene por qué considerarse una condena ni una carga insoportable, sino un medio en el que podemos experimentar una gran realización personal al conseguir haber hecho algo bien. Algo que pueda ser un aporte a los demás, algo útil, o bello, o interesante, o todo eso a la vez.

Por otro lado, también recordemos el gusto que nos da el encontrarnos con cosas bien hechas. Una simple silla de madera en la que de gusto sentarse, cómoda y firme, un sándwich bien preparado, una gestión financiera hecha meticulosamente y con seriedad, una cirugía bien planificada y ejecutada, una sinfonía que se disfruta. Todo esto debe agradecerse como fruto de largo tiempo de trabajo y estudio de una cadena de personas. Y si una sociedad va consiguiendo, fruto del esfuerzo de muchos, varios de estos logros, y estos se comparten, tenemos indicios claros de que se está alcanzando un bien común y un progreso social.

Por eso nuestra Universidad, como lugar de preparación de futuros profesionales, tiene como uno de sus valores fundamentales la virtud de la laboriosidad y el aprecio por el trabajo bien hecho. Porque reconocemos que en el profesionalismo, seriedad y rigurosidad con que todos hagamos nuestro trabajo, dependerá que alcancemos el bien común y el progreso (como país y como humanidad). Pero también porque experimentamos que hacer bien nuestro trabajo nos hace bien a nosotros mismos: nos hace más fuertes, más generosos, más maduros, y más vitales. Y, al contrario, sentiríamos un gran tedio si nos dejáramos llevar por la pereza o por la mediocridad, privándonos del contento de obtener el fruto óptimo de nuestra labor. Nos daríamos cuenta con amargura, que hemos desaprovechado nuestras capacidades y talentos, y que nos hemos perdido de llegar a saber de qué éramos capaces. La flojera es como una pesada cadena que lo hace todo cuesta arriba y que, cuando se convierte en vicio, llega a impedir animarse a hacer incluso lo que gusta, como, por ejemplo, panoramas entretenidos con los amigos, porque hasta eso se ve como un “esfuerzo”. Mientras más nos dejáramos llevar por la comodidad y el resignarnos al mínimo esfuerzo, al final menos motivación tendríamos para todo. Pero, al contrario, si adquirimos la virtud de la laboriosidad, mediante la reiteración constante del cumplimiento diario de nuestros deberes, ese deber deja de ser tedioso, y empezamos a disfrutarlo con entusiasmo y alegría. Y cuando el trabajo se hace así, de buena gana y no solamente por cumplir, luego se aspira a grandes logros, a avanzar, a superarse e ir más allá, como lo haría, por ejemplo, un deportista de alto rendimiento. Para esto es fundamental encontrar, como parte de la búsqueda de la propia identidad, la vocación profesional, que será aquello que más nos apasionará y en la que encontraremos nuestra misión y nuestro sentido. Podemos preguntarnos entonces ¿qué es lo que mejor podría hacer yo por los demás? ¿cuál será mi aporte a la humanidad?

La laboriosidad del estudiante es precisamente su estudiosidad, virtud mediante la cual, de manera perseverante y ordenada, estudia sus materias a fondo y sin conformismos. El alumno estudioso sabe que de la seriedad que ponga hoy, depende su profesionalismo de mañana. Y no por razones egoístas, sino por percibir con claridad su responsabilidad social. De igual modo la laboriosidad del profesor consistirá en mantenerse estudiando para estar al día en lo más avanzado de su área, preparar prolijamente sus clases y asesorar continuamente a sus alumnos. El docente debe contagiar un “enamoramiento” por su materia. Y así, como la Universidad es una comunidad de personas, el trabajo de cada uno redunda en el bien de todos. Tenemos una misión común cuyo éxito depende de la colaboración de todos los miembros: directivos, administrativos, académicos, estudiantes, personal de aseo, seguridad, informática, alimentación, etc. Todos esos trabajos son importantes y deben ser igualmente valorados y respetados, y, si cada uno de nosotros lo hace bien, entonces juntos logramos un buen ambiente laboral y ser una muy buena universidad.

Este llegar a ser una muy buena universidad no lo hacemos por un afán vanidoso de destacar. Lo hacemos porque del éxito de nuestra labor depende también un gran aporte al país y al mundo. Lo hacemos porque de aquí saldrán muchas de las soluciones a los problemas mundiales. Todos debemos sentir, por tanto, que nuestro trabajo es importantísimo. Si tenemos esto claro, podremos afrontar el cansancio y las dificultades que inevitablemente vendrán. Y nuestra labor no será repetitiva ni mecánica (no somos engranajes), sino siempre aportando ideas, ingenio, creatividad y corazón. Así el trabajo se asemejará a la pasión del artista de la que hablamos al principio. ¡Las máquinas no trabajan!; carecen de la calidez y libertad de la persona humana que pone toda su inteligencia y voluntad. Y, ojalá, también una sonrisa.

Roberto Marconi Juárez
Académico Instituto de Filosofía sede Valdivia
Universidad San Sebastián

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La integridadplus

La USS confía en sus estudiantes, cree en la buena fe de todos ellos, sin embargo, es parte de su labor formativa, recordar cada cierto tiempo, algunas cualidades o virtudes, que hacen posible la educación y la formación universitaria.

Quizás la palabra integridad nos suene algo abstracta y lejana, pero en términos muy sencillos tiene que ver con el esfuerzo por ser honestos, transparentes y actuar con entereza, es decir, con la coherencia de vida que tanta falta le hace a nuestra sociedad. Las personas íntegras son aquellas que son verdaderamente una, pues todas sus dimensiones son conocidas y están equilibradas, por ello no tienen dobleces y son hacia afuera como son hacia dentro.  Las personas íntegras gozan de una doble libertad: no viven inventando personajes para situarse frente a los demás ni están siempre arrepintiéndose por haber elegido mal. Simplemente se conocen, son dueños y responsables de sí mismos y se esfuerzan por vivir en coherencia. En definitiva, se trata de ser honestos con los demás y consigo mismo. En definitiva, las personas íntegras son aquellas en las que se puede confiar.

¡Cuántas veces nos quejamos amargamente de la falta de honestidad e incoherencias de políticos, empresarios, deportistas, dirigentes, compañeros, etc! Pero poco nos revisamos a nosotros mismos, conformándonos con no decir grandes mentiras o no cometer robos. Decía un gran sabio del siglo V, seamos nosotros mejores y los tiempos serán mejores, pero ¿cómo nos hacemos mejores? La persona que somos se configura muy silenciosamente cada día, en cada decisión que tomamos, en la realidad que nos corresponde. La vida de un profesor, por ejemplo, está llena de responsabilidades cotidianas que debe asumir con valentía y honestidad si de verdad quiere hacer el bien a sus estudiantes. Del mismo modo el paso por la universidad es un tiempo especialmente significativo en que los estudiantes se configuran como la persona que serán: los esfuerzos y sacrificios en el estudio, la ayuda generosa a los compañeros y compañeras, el cultivo de la alegría y la amistad propio del ambiente universitario; todo ello deja huellas que marcarán definitivamente la persona que seremos.

Mención especial merece, en este sentido, la honestidad académica. Es el período universitario en el que se puede romper con esa nefasta lógica de buscar resultados a través de cualquier medio, disfrazada bajo la excusa de que se trata de calificaciones nada más. Es esta mentalidad utilitarista la que termina en los más atroces abusos. Cada vez que un estudiante obtiene una calificación de modo ilegítimo, miente a otros y a sí mismo y se va llenando de dobleces e inquietudes; pero cada vez que se esfuerza por ser honesto, gana en coherencia y en paz interior y queda mejor dispuesto para hacer el bien. El mundo está lleno de personas individualistas dispuestas a “andar a los codazos” con todos y así hemos reducido la vida a competencia y perdido la amistad social. Por eso, más que nunca, se necesitan personas que estén dispuestas a dar testimonio con sus acciones de una mentalidad que sitúa a las personas y la verdad, por sobre la eficiencia y el engaño utilitarista.

No busquemos recetas para ser íntegros, NO HAY TIPS para ser personas honestas, se trata más bien, como lo decíamos, de una opción cotidiana por actuar bien, escuchando la propia conciencia y viviendo en coherencia. Esto exige la valentía y audacia propias de todos ustedes para hacer frente, no sólo a ciertos modelos sociales de nuestro tiempo, sino en ocasiones a los propios pares que presionarán.

Recuerda…

El año académico 2020 comenzó con una realidad desconocida para todos nosotros, como docentes y estudiantes, hemos tenido que adaptarnos a una nueva modalidad de hacer y asistir a clases. La virtualidad nos permite seguir conectados con nuestros estudiantes, y continuar con nuestra labor formativa, lo que permite que puedas conversar con tus docentes durante las clases en línea o contactarlos para hacer consultas y aclarar dudas.

Así mismo, es importante que te mantengas en contacto con tus compañeros de clases, ellos están viviendo una situación similar a la tuya, por lo que podrían ayudarse y estudiar colaborativamente.

Hemos querido compartir este documento sobre la integridad, justo después de las primeras evaluaciones e invitarte a reflexionar sobre qué tipo de persona y profesional quieres ser tú.

Te recomendamos revisar un libro relacionado con las virtudes, que encontrarás en el catálogo virtual de la biblioteca USS:

Las virtudes fundamentales Josep Pieper.

Formación Integral – Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián

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El cultivo de la reflexión y la racionalidad: valor y tarea de la USSplus

“Hay hombres que de su ciencia tienen la cabeza llena;
hay sabios de todas menas, mas digo,
sin ser muy ducho,
es mejor que aprender mucho el aprender cosas buenas”
“El Gaucho Martín Fierro” (José Hernández)
 

La reflexión y la racionalidad, sus implicancias valóricas.

Pareciera que referirse a la reflexión y la racionalidad en el marco de una institución universitaria es algo tan evidente, tan propio de la esencia misma de la vida académica que no agrega mucho el desarrollar una reflexión valórica, sin embargo, la USS lo asume como un valor institucional estrechamente vinculado a la plena realización de su proyecto educativo y a su inspiración humanista cristiana. Siendo la universidad el lugar de la inteligencia, de la reflexión serena, profunda y prudente, vale la pena rescatar la riqueza del cultivo intelectual que enaltece tanto a la universidad como a la vida misma de las personas; especialmente en tiempos en que la irracionalidad, la violencia y el emotivismo como expresión última de la persona lo han permeado todo.

Usualmente podemos asociar la racionalidad y la reflexión a una simple función lógica, intelectual o académica bastante neutra, aséptica e incluso algo desabrida. Sin embargo, en medio del contexto global que estamos viviendo a propósito de la pandemia del coronavirus, resulta especialmente sencillo aproximarse a los conceptos de racionalidad y reflexión desde sus implicancias valóricas. Hoy, junto a la exaltación de emociones como el miedo y la angustia o la empatía y la compasión (por nombrar algunas), aparece con una urgencia casi trágica el anhelo de entender qué está pasando, por qué se produjo esta epidemia y proyectamos qué podrá pasar; buscamos un sentido al dolor, dudamos de algunas informaciones que nos llegan y asumimos otras como verdaderas. En definitiva, permanentemente razonamos y reflexionamos porque queremos respuestas: algo verdadero, alguna certeza que pueda orientar nuestra vida. De hecho, en situaciones límites que pueden angustiarnos solemos decirnos a nosotros mismos “tranquilízate, piensa”, como enfatizando que en esa angustia vivenciada no está toda la verdad y que debemos detenernos a juzgar en términos más amplios; es, a fin de cuentas, la inteligencia invitando a elevar la mirada para juzgar y actuar acertadamente, es decir, elegir verdaderamente bien. No es neutro lo que pensamos, siempre hay implicancias tanto en nuestro interior como en la relación con el mundo y las personas, de ahí la responsabilidad de cultivar la racionalidad y la reflexión, es decir, de hacer de dichas capacidades algo pleno que contribuya a la realización personal.

Racionalidad en la academia y en la vida.

La racionalidad y la reflexión son los caminos por los que vamos avanzando en el conocimiento de la verdad, tanto a nivel científico y académico como a nivel existencial. La universidad siempre ha sido el lugar del debate honesto y profundo, donde la inteligencia es llevada al límite de sus capacidades en la búsqueda de la verdad, y donde se acompaña a los estudiantes en su desarrollo intelectual, tanto en lo referido su disciplina en específico como en su madurez para juzgar con acierto la realidad. Este valor institucional, por tanto, sólo se realiza plenamente en la medida en que académicos y estudiantes asumen con responsabilidad y alegría, la posibilidad de desarrollarse en un ambiente donde la inteligencia encuentra el lugar de su despliegue.  Los slogans irreflexivos, los dogmatismos, las ideologías y la violencia verbal o física suelen no tener cabida en la universidad porque significan la disolución del cultivo de la ciencia y la denigración de la sala de clases, ese espacio dignísimo de encuentro entre estudiantes y profesores. Cuando estas actitudes antiacadémicas logran permear en la universidad, se producen rupturas en la comunidad académica que la desorientan respecto de su fin.

La racionalidad, por otra parte, se opone directamente a la irracionalidad entendida como esa actitud que violenta la realidad y la naturaleza de las cosas; naturaleza en la que la razón puede penetrar y conocer verdaderamente. En este sentido podríamos afirmar que no es absurdo o ilógico, por ejemplo, someter a seres humanos a experimentos que lo reducen a un simple medio si con ello progresa un saber determinado, pero es irracional en el sentido que vulnera la naturaleza y dignidad de la persona. Racionalidad no es un ejercicio lógico impecable, si bien lo supone, sino que se trata propiamente de la razón ordenada a la verdad y el bien.

La reflexión como opción moral.

Sin embargo, los seres humanos no razonamos únicamente en los estudios y el trabajo, sino que la totalidad de nuestra vida se arraiga en ese diálogo interior que, como todo diálogo, es sobre todo racional; sólo el que ha sabido conversar consigo mismo queda bien dispuesto para dialogar auténticamente con otros, pues su racionalidad queda ordenada al valor de la persona. El diálogo no es fácil, aunque nos cueste admitirlo, el ser humano tiene una fuerte tendencia a «cerrarse» ante las opiniones contrarias a las suyas, sin embargo, puede superar esa resistencia, confiando en la posibilidad del encuentro que brota de la honestidad intelectual de ambos. La universidad como comunidad académica de personas es el espacio del diálogo y la confrontación de ideas y argumentos, pues integra el cultivo de la racionalidad y la reflexión en un ambiente de respeto y promoción de la persona.

A la racionalidad y el diálogo debe añadirse el cultivo de la reflexión, ese volverse sobre sí mismo e indagar en el sentido profundo de la verdad, evitando que esta quede en la superficie del alma, para que desde dentro logre iluminar la existencia personal. No es extraño que haya hombres de ciencia, investigadores brillantes en un determinado saber, que no han sido capaces de dotar de sentido su propio conocimiento. La reflexión implica salir de la masa, de la frivolidad y superficialidad, porque se alimenta de lo más personal que tenemos: nuestra interioridad. Ello exige una opción moral de autenticidad y valentía para animarse a entrar en ese mundo interior personal, aun cuando se sospeche que está algo vacío o falseado. La reflexión se dirige a ver la verdad dentro de uno, de la que siempre brotará un compromiso, pues la verdad reclama coherencia y la vida coherente regala paz.

Juan Ignacio Rodríguez S.
Subdirector del Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián

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Responsabilidad y solidaridad (en acción)plus

(Dos valores USS que representan un desafío en los tiempos actuales)

El coronavirus y la pandemia sin duda han puesto sobre la mesa el fenómeno de la interdependencia. Todos dependemos de todos tanto en un sentido negativo como positivo. En un sentido negativo, porque en un mundo globalizado e interconectado, la posibilidad de contagio es muy alta.

Pero también se ha resaltado en esta época de coronavirus –y esto parece lo más importante–, la conciencia de ser interdependientes para bien. Es la conciencia de que todos somos responsables de todos. Por ejemplo, esto se ha manifestado en la lucha contra el virus. En nuestro país, una gran cantidad de profesionales de la salud comienzan a realizar acciones de mucho sacrificio por cuidar a los demás. Y en naciones como Italia y España, un sinnúmero de médicos, enfermeras y bomberos, entre muchos otros, han literalmente dado su vida por los otros.

Precisamente estos valores de la responsabilidad y de la solidaridad, que se hacen hoy tan patentes en tiempos de pandemia, se encuentran entre los valores que la USS promueve, pues sin responsabilidad y sin solidaridad es muy difícil vivir en forma virtuosa, es decir, realizar hábitos operativos buenos. Dicho en otras palabras, repetir acciones que nos lleven a la plenitud del bien. Y para la USS, como centro educativo, sin estos valores es difícil, también, educar en virtudes, como señala nuestro Proyecto Educativo.

La responsabilidad, porque el sentido profundo de ser interdependientes es propender a que los otros estén cada día mejor, utilizando la propia libertad para alcanzar y difundir el bien. Porque vivimos en comunidad es que pertenecemos a un nosotros. El nosotros de mi familia, de la universidad, de la ciudad, del país, de toda la humanidad. Somos co-responsables porque debemos responder por nosotros mismos y por lo otros. En un cierto sentido, ser responsable implica “llevar a otro en mis espaldas”.

En el plano de las acciones universitarias esto aparece como fundamental, no solo en el hecho de que debemos hacer bien nuestro trabajo individual, sino que debemos también tener conciencia de que los demás dependen de mí y que lo que yo haga afecta a otros. Esto no sólo me proyecta para ser o llegar a ser un buen profesional, sino también y sobre todo buenas personas. ¿Qué significa esto en concreto para nuestra comunidad USS? En el caso de los directivos, gobernar con prudencia y justicia; en el caso de los docentes, enseñar con rigor y alegría; en el caso de los alumnos, estudiar y llegar a ser buenos profesionales; en el caso de los administrativos, realizar bien la tarea, pensando que el buen funcionamiento de ese “nosotros” que es la comunidad académica también depende de las actividades no-académicas.

Respecto a la solidaridad, porque esta considera un empeño firme y constante por el bien común, es decir, por el bien de todos y de cada uno, como le gustaba repetir incansablemente a Juan Pablo II. Este empeño, que corresponde primeramente a una disposición de ánimo, a una virtud, ha brotado con fuerza en este tiempo. En la universidad, en el país, en el mundo. Ello se ha expresado en las acciones desinteresadas de personas que buscan ese bien de todos. Esto también ha tenido una expresión concreta en nuestra comunidad USS, como ha quedado de manifiesto en la ayuda que nuestra comunidad universitaria (alumnos y docentes) ha prestado al país. Como ejemplos de esta solidaridad “en acción” podemos nombrar la labor realizada por el Laboratorio de Biotecnología Aplicada de la sede de la Patagonia, el cual fue certificado y autorizado para el procesamiento de muestras clínicas humanas destinadas al diagnóstico de SARS-CoV-2. Con ello la USS se integró a la red de análisis de muestras de coronavirus. Asimismo, la USS ha acompañado a sus Campos Clínicos durante la emergencia a través de videoconferencias con personas que son referentes en temas de salud, aportando con enfoques especializados a la emergencia nacional. También aparecen iniciativas como la campaña de recolección de sangre de la Sede Concepción, demostrando con ello que los otros sí parecen importarle a gran cantidad de seres humanos. Pareciera que en tiempos de Covid-19 y pandemia, los otros reclaman una preocupación real y también una respuesta racional y afectiva de nuestra parte. La USS no ha sido ajena a esta preocupación. Ello indica que la solidaridad no puede darse ni en abstracto ni en el vacío, es decir, sin responsabilidad e interdependencia.

Finalmente, para que la solidaridad se pueda expresar, es necesario desarrollar previamente en cada uno, en cada ambiente de trabajo o estudio, una cultura de respeto por todos y cada uno de los miembros de la comunidad sebastiana. Si consideramos que cada directivo, cada docente, estudiante o funcionario es único e irrepetible, pero sobre todo insustituible, la única relación que aparece como adecuada es la colaboración basada en el amor. El amor al prójimo nos hace salir del individualismo y del egoísmo. Considerar los dolores ajenos como propios, de tal forma que a través de la solidaridad hagamos la parte que a cada uno le compete por el bien de nuestra comunidad universitaria. Es decir, que participemos. Solo la solidaridad “en acción” puede lograr que, como decía el poeta Píndaro, “lleguemos a ser lo que somos”; solo la solidaridad puede hacer, finalmente, que todos lleguemos a ser verdaderamente responsables de todos.

Quizá una de nuestras tareas en estos momentos y, sobre todo, una vez que superemos la emergencia sanitaria y retomemos nuestras rutinas habituales, sea detenerse en el real significado de la interdependencia, así como en el desafío que ambos valores –la responsabilidad y la solidaridad– implican para todas y cada una de las personas que componen nuestra comunidad: desarrollarlos y sostenerlos en el tiempo. Es decir, vivirlos entre todos.

Dr. Emilio Morales de la Barrera
Académico Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián

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La búsqueda de la verdad en la USSplus

“Busca la verdad mientras eres joven, pues, si no lo haces,
después se te escapará de entre las manos”.
Platón (Parménides, 135d)

 

La USS se propone formar buenos profesionales, buenos ciudadanos y buenas personas. Ello no es posible sin tener como un valor fundamental la búsqueda de la verdad, pues la formación de nuestros estudiantes supone un crecimiento no solo cuantitativo (acopio de conocimientos técnicos o especializados), sino más aún, un crecimiento cualitativo (moral y espiritual). En virtud de ello, la búsqueda de la verdad es el primero y quizá uno de los más importantes de nuestros valores institucionales, por su carácter matricial.

La etapa universitaria es un período privilegiado para su búsqueda. Búsqueda que implica, por supuesto, la transmisión del conocimiento, sin olvidar que éste adquiere sentido, no por su utilidad en provecho propio, sino por su valor intrínseco y por la dimensión de servicio de quien posee dicho conocimiento. Esta búsqueda que corre por las venas de nuestra universidad, y que la identifica, es garantía de una educación universitaria que aporta no solo al bien de la persona del estudiante, sino también al bien de la sociedad y de la humanidad.

Cuando profesores y estudiantes a través del diálogo académico interdisciplinar se esfuerzan por descubrir lo que las cosas son, están “haciendo” universidad. Recordemos que la verdad nos hace libres, porque nos libera del yugo de las apariencias, de la esclavitud de los vicios, de la ignorancia, de la hipocresía; por ejemplo, la de Pilato, quien no cree en la verdad, y por ello no espera la respuesta a su pregunta, ¿Qué es la verdad?, y se lava las manos. La universidad es el lugar donde se lleva el pensamiento al límite de sus posibilidades precisamente para descubrir la verdad. Ahora bien, no hay una genuina búsqueda de la verdad, si primero no se ama la verdad.

La USS promueve la verdad, porque ésta, dada su naturaleza, garantiza nuestra permanencia en el tiempo y nos preserva contra la caducidad y contra las modas pasajeras. La verdad crea tradición, tan necesaria para cualquier institución que se tome en serio a sí misma. El respeto a la tradición implica respetar el saber heredado de nuestros antecesores. Por ello no debemos olvidar el viejo adagio nova et vetera (lo nuevo a partir de lo antiguo).

Es evidente que la verdad muchas veces no se nos presenta a flor de piel, y por ello hay que buscarla, y a veces intensamente, pues se encuentra muy oculta, pero cuando se la descubre, la satisfacción es inmensa. Los griegos utilizaban el vocablo, aletheia para designarla. Literalmente significa lo que no está oculto, lo que está patente, develado, pero que debe ser descubierto, porque se esconde a los ojos de la inteligencia. O sea, hay develar lo que las cosas son, descubrir su naturaleza y sacarla a la luz, mostrando lo que ella es. Digamos que la verdad “está allí”, ocultándose a los sentidos, pero mostrándose a la inteligencia.

La adquisición de un conocimiento superior, como el universitario, es una vía pedagógica privilegiada para acceder a la verdad. El saber alcanzado en la universidad debe hacernos más humanos, mejores personas. En este contexto, cuando se dice que una de las misiones de una universidad es generar nuevo conocimiento, habría que agregar, nuevo conocimiento verdadero. Por medio del logos (saber, conocimiento), se puede alcanzar la aletheia. No olvidemos que la ciencia tiene sentido en la medida en que es verdadera.

La verdad no tiene buena prensa en nuestros días, contagiados de nihilismo, escepticismo, relativismo y subjetivismo. Pese a vivir en una época reñida con la verdad, en cada uno de nosotros existe una inclinación natural a buscarla y una exigencia natural a que se nos diga la verdad. A nadie le gusta que lo engañen o le mientan. No podemos vivir en el engaño. La persona está por naturaleza llamada a perfeccionarse y para no equivocarse demasiado en esta labor, que nos ocupa toda la vida, debe conocer la verdad. De este modo, su búsqueda supone una actitud interior, que le da sentido a nuestra existencia. Por ende, no es posible vivir bien en la falsedad o en el error permanente, tampoco vivir de las apariencias. No podemos vivir sin la verdad, sin saber lo que las cosas son.

La búsqueda de la verdad, como parte del ADN de la USS, es un buen antídoto contra la tentación de convertir al estudiante en un cliente que acude a la universidad para “comprar” un título. Empleabilidad, competencia, adaptabilidad, innovación sustentabilidad, eficiencia son conceptos que se escuchan a menudo como lo esencial de una universidad que ha ido reemplazando lo verdadero por lo útil. Sin embargo, en la USS sin desconocer la importancia de estos conceptos, se esfuerza por no sucumbir a la tentación de convertir la formación universitaria en una mercancía sujeta a la especulación del mercado laboral, y de producir profesionales solo capacitados para alcanzar el éxito laboral y aptos para adecuarse al mercado laboral. Por ello, asigna importancia a la formación humanista, impartiendo asignaturas como Antropología y Ética.

Huelga señalarlo, esta búsqueda requiere de auténticos maestros que amen lo que enseñan y de genuinos estudiantes, que amen aprender. Esto exige por parte del profesor compromiso y una actitud humilde porque “la verdad se escapa al déspota y se abre sólo a quien se aproxima a ella en actitud de profundo respeto, de humildad reverente” (Ratzinger, Cooperadores de la verdad, 1991, 203). Buscar la verdad no es un trabajo aislado, de cada académico encerrado en su oficina o laboratorio, sino de comunidades académicas de investigación y diálogo que buscan un saber integrado, de modo tal que la universidad se constituya en el alma mater de todos los que la conforman. La fragmentación del saber atenta también contra la verdad.

Formar buenos profesionales, ciudadanos y personas, exige educar al ser humano para que aporte desinteresadamente al bien común. En consecuencia, el sentido último de la búsqueda de la verdad lleva aparejada la necesidad de poseer un saber superior, pues este mientras más excelso, de mejor manera contribuirá a mejorar al ser humano y en consecuencia a toda la sociedad. El compromiso de la USS con la verdad implica su compromiso con el humanismo cristiano, que no es otra cosa, que la capacidad de hacer de la propia vida una obra verdadera, buena y bella y de cooperar para que otros también vivan en el bien, la verdad y la belleza.

Dr. Eugenio Yáñez Rojas
Director del Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián

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