Cambio de época y renacer del humanismo

07 de abril de 2020

Ciertamente tenemos incertidumbres respecto a cuál será el camino que seguiremos para salir de algunos rasgos de la modernidad presente. Ojalá sea un renacer del humanismo.

Cambio de época y renacer del humanismo

 

Es el momento de la solidaridad, de la virtud de la sencillez, austeridad y de reencontrarnos con la naturaleza y con las bellas artes y ciencias; y de la pertenencia a la comunidad. Esto en contraste con lo que hemos vivido hasta ahora.

La política comercial y financiera mundial, reconocida como la globalización incontrarrestable, ha ido socavando el sentido de pertenencia de los pueblos, toda vez que algunos se sienten conectados al sistema, mientras otros descartados por el mismo.

jaime Abedrapo para web USSEn ese contexto, y en vista a los síntomas mundiales que exhibimos de malestar social y de vacío espiritual, sumado al proceso de reflexión que estaría provocando la actual pandemia sanitaria, surgen inquietudes respecto a los derroteros por los cuales se responderá a la crisis política mundial en materias institucionales y geopolíticas.

Desde otra perspectiva, el sistema de exacerbada acumulación del capital en estos tiempos es causa eficiente de la irritación y violencia en el seno de las sociedades. Además, se le responsabiliza por el cambio climático que, siendo intensificado por la acción infrahumana (inconsciente), no ha declinado en la extracción y explotación de recursos naturales finitos por afanes de acumulación, sin reaccionar ante la insostenibilidad de aquel empeño o resguardo de las futuras generaciones.

¿Podría una reforma al sistema internacional de gobernanza cambiar estas tendencias señaladas, o se requiere un cambio de paradigma? Todo indicaría que se requiere más que una reforma institucional, que por cierto los Estados centrales no estarán dispuestos a realizar.

Al respecto, pareciera que no podemos seguir a merced de una sugerencia del FMI o del Banco Mundial para salir estos “enfoques de desarrollo” deshumanizantes o sin considerar el humanismo en alguna dimensión. Todo indica que el cambio de época traería consigo un tsunami sobre el diseño de la gobernanza mundial, si es que se busca evitar una mayor conflictividad política y social.

Por cierto, en estos días sólo un orate, en la lógica modernista, podría decir “necesito poco y lo poco que necesito, lo necesito poco”, palabras de San Francisco de Asís que hoy el Papa Francisco intenta revivir en un mundo capturado por el materialismo y la acumulación. Es decir, esas palabras hoy son revolucionarias y atentatorias a nuestro estilo de vida insostenible. No resultaría racional y menos atractivo para el mercado que se ciñe a las políticas comerciales y financieras que entienden que el desarrollo es mantenernos como unos consumidores empedernidos, ello como un ideal de bienestar.

La propuesta que se ha puesto en jaque por estos años es la lógica de la rentabilidad en todas las áreas del quehacer humano, ya que la entiende como la única forma racional de relacionarnos, incluso en la salud. Ha sido un duro aprendizaje para líderes como Macron en Francia que ello ha sido un error altísimo tras la evidencia que ha significado la pandemia del Covid 19, ya que desde las crisis Subprime (2008) viene invirtiendo menos en salud pública y privatizando el sistema.

Al respecto, en estos días se le sumará otra demanda a la modernidad capitalista. Se le acusará de tener alguna responsabilidad en la pandemia que ha provocado miles de muertos y que podría significar una crisis profunda y tal vez lapidaría al (des)orden mundial que hemos ido consolidando apenas se inició esta centuria.

Esta crítica podría ser excesiva, ya que las pandemias han azotado a la humanidad desde tiempos inmemoriales, pero en el trasfondo y tras tiempos de aislamiento para escondernos del virus, seguramente habrá un instante para retomar un sentido de vida que ciertamente permita renovar el valor de la comunidad y de la solidaridad, cuestión que atenta a las doctrinas del capital especulativo y a la acumulación de bienes y capital.

La decadencia de Occidente producto de la crítica a la modernidad en general, vienen manifestándose desde que se reconoce menos compromiso con la persona y más con la autonomía del sujeto y sus derechos oponibles e incontestables, que son una consecuencia de una visión desraizada de la comunidad.

En este cambio de época ha quedado patente en los movimientos políticos y sociales que han sacudido en la última década a parte de Europa, Asia, Norte de África (Primavera Árabe), y América Latina recientemente, que obtuvo una tregua gracias a la pandemia del Covid 19. Ellos son síntomas de los cambios que se avecinan y que se enfrentan a la modernidad del sinsentido, del cansancio de vivir y del aburrimiento de la acumulación por la acumulación.

En definitiva, ello es lo que pareciera estar en crisis. Desde el método cartesiano hasta la política amoral de los Estados, que con posterioridad a los tratados constitutivos del orden de post Segunda Guerra Mundial se han ido distanciando de su sentido original y transformándolos en letras vacías frente a sus responsabilidades ante la sociedad internacional, como ejemplo la falta de humanismo en la actuación de las potencias del “primer mundo” en las crisis de refugiados de Siria, y del norte de África.

En el tránsito de una época a otra, pareciera un período de oscuridad, sequía cultural y ausencia de humanismo, cuyas expresiones de aquello están en todas partes, desde el reggaeton en el gusto masivo de los jóvenes que vulgarizan el lenguaje y las relaciones sociales en sociedad, hasta en los foros virtuales en que nadie se escucha porque todos sólo quieren hablar y criticar a los demás.

El hastío de lo correcto en lo público y lo privado, el poco respeto por el prójimo y la autoridad están presentes hoy como un escenario político decadente en términos globales, cuyo esplendor en ello son los gobernantes populistas que conducen a las naciones, justo donde hace tan sólo algunas décadas existían estadistas que, con errores y aciertos, buscaban responsablemente llevar hacia mejores umbrales a sus naciones desde sus perspectivas doctrinales e ideológicas.

Ciertamente tenemos incertidumbres respecto a cuál será el camino que seguiremos para salir de algunos rasgos de la modernidad presente. Ojalá sea un renacer del humanismo, de la solidaridad que ella implica; de la virtud de la sencillez, austeridad, de reencontrarnos con la naturaleza y con las bellas artes y ciencias; y de la pertenencia a la comunidad. Satisfacernos con poco en lo material y sobre todo cultivar nuestro espíritu. Ello sin duda significaría unas trasformación muy profunda y estructural de nuestras instituciones nacionales y mundiales, seculares y religiosas, gubernamentales y no gubernamentales. Un verdadero cambio de régimen mundial.

Jaime Abedrapo
Director de Escuela de Gobierno
Facultad de Derecho y Gobierno
Universidad San Sebastián
V
ea columna en El Líbero