Cobalto y coltán…

La República Democrática del Congo es uno de los países más pobres del mundo y, debido a una mezcla increíblemente complicada de política, lucha armada y corrupción, también es uno de los países de los que menos se informa.

Amnistía Internacional publicó el informe “Por esto morimos”, denunciando las condiciones laborales en las minas de cobalto y coltán en la República Democrática del Congo: jornadas de sol a sol, siete días a la semana, y maltratos, además de un alto porcentaje de trabajo infantil.

Según la investigación de las ONG, los acaparadores compran cobalto en la RDC y luego lo revenden a la empresa Congo DongfangMining, compañía subsidiaria a HuayouCobalt, un gigante metalúrgico chino. La empresa lo refina y transporta a los fabricantes de piezas para acumuladores automovilísticos en China y Corea del Sur. También los reciben Apple, Microsoft, Samsung, Sony, Daimler y Volkswagen.

“La RDC produce más de la mitad del cobalto del mundo. Un 20% del cobalto que exporta procede de minas artesanales del sur del país, donde los trabajadores excavan con las manos, sin herramientas ni protección”, denuncia Maria Cañadas, presidenta de Amnistía Internacional en la región española de Cataluña.

Unicef estima que hay alrededor de 40.000 niños trabajando en esas minas. Algunos de los que entrevistamos, de hasta siete años, decían que durante mucho tiempo no habían visto la luz del sol porque se pasaban el día en las minas”.

Se da, además, la casualidad de que allí abunda una roca negra llamada coltán imprescindible para todos los móviles y ordenadores del planeta. Sin el coltán, nuestras vidas tecnológicas se detendrían y el Congo tiene el 80% de las reservas mundiales. Pero no ha sido precisamente una bendición para el Congo. Grupos armados han usado estas materias primas para financiar una serie de guerras. Lejos de ser un beneficio para el país, la posesión de coltán y otros minerales de gran valor como el oro suponen una gran lacra. De hecho, suelen ser denominados “minerales de conflicto“.

El motivo es que, desde mediados de los años 90, grupos armados han usado estas materias primas para financiar una serie de guerras. Cuando el boom tecnológico elevó el precio de estos minerales, la violencia se disparó. De este modo, la demanda global de tecnología que se da en la actualidad está avivando involuntariamente el conflicto del Congo.

Aunque las presiones internacionales y la mayor responsabilidad de las grandes empresas tecnológicas han logrado que la situación en las minas de coltán mejore (al parecer ya no trabajan niños ni mujeres en ellas), lo cierto es que las milicias y los grupos armados siguen dominando la vida en grandes áreas del país. La guerra ha terminado en las ciudades, pero continúa en las junglas.