Blindar la arquitectura, denigrar la ciudad

08 de enero de 2020

Las medidas de protección han configurado un nuevo paisaje urbano, como expresión materializada de la crisis social en la ciudad.

Blindar la arquitectura, denigrar la ciudad

Pocas ganas quedan, al menos a mí, de pasear por el centro de la ciudad de Concepción. Gran cantidad de locales, comercios, sucursales de bancos y cualquier espacio en planta baja han sido blindados de distintas formas. Las soluciones habituales van desde tableros de virutas de madera, pasando por planchas de zinc o planchas de acero soldadas sobre estructuras metálicas, hasta nuevos perímetros enrejados, coronados con alambradas que de solo mirar ya nos arañan los ojos.

David-Caralt-USS-2Estas medidas de protección han configurado un nuevo paisaje urbano, principalmente en las calles del centro, como expresión materializada de la crisis social. Deprimente. Los motivos de este blindaje son evidentes, así que no me referiré a ello, sino más bien apuntaré algunos efectos que tal nivel de protección puede generar en los ciudadanos.

En primer lugar, la dimensión del acceso se ha reducido a la mínima expresión: una o dos puertecillas. La transparencia se convirtió en opacidad y ceguera por ambos lados, la calle y el interior, quedando en entredicho la invitación a entrar. En segundo lugar, están los aspectos de seguridad. Sabemos que el blindaje es total y las salidas de emergencia están inevitablemente clausuradas -incluso en tiendas grandes de varios niveles-, por tanto, las únicas entradas y salidas al exterior son esas puertas minúsculas a las que hacía referencia.

Por otro lado, están los aspectos ambientales que afectan a las personas que trabajan en estos espacios. Donde antes ingresaba la luz natural y la posibilidad de ventilación, ahora reinan solo la luz artificial y la poca circulación de aire. Son condiciones de habitabilidad poco deseables para cualquier persona que deba pasar horas al interior de un lugar clausurado, menos en verano debido al calor.

Tema aparte es el aire impregnado de olor a soldadura, o las veredas convertidas en playas de arena, como en la distopía urbana a lo Mad Max. La nueva piel metálica -que incluso oculta los letreros comerciales- neutraliza las referencias dejando la calle muda.
Vemos aquí hasta qué punto la ciudad es expresión del contexto social en el que vivimos y me pregunto hasta cuándo durará esta situación, qué consecuencias psicológicas tendrá para nosotros y, sobre todo, cuáles de estas medidas van a permanecer en el tiempo.

Las imágenes de la ciudad blindada me recuerdan un libro que se publicó hace cien años durante la Primera Guerra Mundial: “Los monumentos italianos y la guerra” (1917) del escritor italiano Ugo Ojetti. En él se describen los esfuerzos para salvaguardar el patrimonio antiguo de los inéditos bombardeos aéreos sobre las ciudades, con la misma técnica de construcción de trincheras (sacos de arena, pero revestidos luego de madera). La transformación de una arquitectura gótica llena de ornamentación y detalles en unas cajas lisas y llanas, sin identidad. Un empobrecimiento visual y experiencial de la arquitectura, entonces y ahora.

David Caralt Robles
Director carrera de Arquitectura, sede Concepción
Universidad San Sebastián

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