Síndrome del cuidador: la paciencia se puede agotar

09 de octubre de 2019

Ser cuidador de una persona enferma conlleva no solo un desgaste físico y emocional, sino que también puede traer aparejado otro tipo de consecuencias.

Síndrome del cuidador la paciencia se puede agotar

El estar todo el día al cuidado de alguien, genera angustia, depresión e impaciencia. Esto, más allá de que a quién se esté protegiendo, ayudado y compartiendo, sean los padres, abuelos, conocidos o desconocidos.

Nicole ChaigneauSegún explica la académica de la Facultad de Psicología de la Universidad San Sebastián, Nicole Chaigneau, los cuidadores pueden llegar a sentir diversos cuadros de ansiedad, depresión y quejas somáticas, que hoy se consideran parte de una entidad diagnóstica propia: el “síndrome del cuidador o el síndrome de carga del cuidador”.

Según la profesional, son mayormente mujeres las que se dedican al cuidado de sus familiares enfermos o que son contratadas para ejercer roles de cuidado a personas con algún grado de dependencia. “En estos casos se ha visualizado que experimentan una serie de consecuencias propias del rol, que alteran su salud física y mental y que puede ocasionar dificultades en la efectividad de los cuidados que entregan a quienes dependen de su atención”, dice.

Asimismo, Chaigneau asegura que “se ha definido que el síndrome del cuidador tiene algunos factores determinantes, entre los que se encuentran estresores propios del enfermo y de sus requerimientos específicos, como la cantidad de horas a su cuidado, los cambios emocionales o conductuales del doliente o la gravedad de su enfermedad, entre otros. A ellos se suman otros factores estresores -llamados secundarios- que se relacionan con la percepción que tiene el cuidador respecto al rol que ejerce, siendo importante el cómo evalúa sus recursos personales para afrontar los cuidados de quien lo necesita, la percepción de redes de apoyo existentes a su alrededor y la relación emocional que establece con el enfermo”.

A juicio de la profesional, “todos estos factores son determinantes del riesgo de padecer este síndrome, especialmente los secundarios que aluden a efectos emocionales adversos y no posibles de controlar a medida que se hacen cargo de las necesidades de otro”.

Para la académica USS, “este tema es muy importante porque debemos entender que la mayoría de las y los cuidadores no han sido capacitados para ejercer el rol, sino más bien se han visto en la obligación de hacerse cargo de su familiar enfermo, implicando la mayoría de las veces una postergación de sus propias necesidades e intereses, lo que conlleva el alejamiento de otras fuentes laborales, así como de las posibilidades de recreación o esparcimiento, trayendo también altos costos familiares y dinámicas complejas en las relaciones de los integrantes de la familia”.

Recomendaciones

La psicóloga Nicole Chaigneau puntualiza que hay que poner atención a ciertos rasgos o antecedentes para cuando el cuidador necesite ayuda o relevo para atender a alguien:

– En los casos más severos puede comenzar a presentar cierta indiferencia frente a la persona que cuida o directamente actitudes de rechazo o resentimiento por constituir la fuente identificable de sus malestares. Esta situación podría llevar al maltrato o la negligencia.

– La mayoría de las veces el cuidador comienza a presentar síntomas ansiosos o depresivos, o ambos, manifestando irritabilidad, pérdida de concentración o memoria, frecuentes dolores de cabeza o espalda o dolores que se hacen permanentes y que no se deben solo a las exigencias corporales propias del cuidado del enfermo.

También puede presentar cambios de humor, mayor irritabilidad, disminución de la paciencia, pensamientos de huida o de terminar con este rol en forma inmediata; sensación de no ser lo suficientemente efectivo en el cuidado del enfermo o tener la certeza de que su vida se ha deteriorado y ha perdido el control sobre su propia existencia, a partir del hecho de asumir este rol.

Puntualiza la profesional que “todos estos síntomas forman parte del síndrome del cuidador y requieren de una atención especializada, además del hecho concreto de favorecer el reemplazo temporal de la persona que está a cargo, de manera que pueda recuperar su funcionamiento previo. A esto hay que sumarle lo que se ha llamado el “duelo oculto”, en que se comienza a visualizar una pérdida concreta de la persona enferma a medida que progresa la enfermedad o el deterioro, con sentimientos ambivalentes respecto a su ausencia definitiva”.