“Será un ingeniero… un gran arquitecto”

02 de enero de 2018

Las angustias de cualquier joven en la actualidad ya no radican en las prohibiciones como en décadas pasadas, sino en la duda y la inquietud sobre si seré capaz de lograr lo que se propone.

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Durante estos días muchos jóvenes están en pleno proceso de toma de decisiones respecto de su futuro académico. La etapa de postulaciones a las carreras de la educación superior es un momento muy relevante dentro del proceso de individuación, el que se encuentra influido tanto por factores culturales como por aquellos estrictamente psicológicos.

La dinámica que se desarrolla entre los ideales provistos por la cultura y las expectativas paternas, suele provocar una fuerte tensión cuando se ensamblan con la realidad compartida y especialmente con el deseo que cada sujeto tiene cuando imagina la profesión y/u oficio que buscará aprender.

Frases como “el que quiere puede” consiguen, bajo cierto contexto, llegar a borrar la realidad dejando al sujeto adolescente prisionero de un ideal infantil, dañando de forma significativa la autoimagen cuando la realidad impide la satisfacción de un deseo de logro.

Roberto SepulvedaMuchos padres podrán recordar, con cierta facilidad, una canción que hablaba de esta dificultad que aborda el crecimiento. Decía algo así como “será un ingeniero dice el abuelo, un gran arquitecto sería perfecto, mejor un artista, qué horror un bohemio”. En fin. Estas frases han sufrido cambios, pero aún no son suficientes cuando son pensadas y explicitadas por el mundo adulto.

La idea expresada en esta canción es síntoma de la gran angustia que nos provoca la incertidumbre del futuro especialmente amplificado por la cultura contemporánea, en particular, por el universo del mercado. Frases como “el que quiere puede” consiguen, bajo cierto contexto, llegar a borrar la realidad dejando al sujeto adolescente prisionero de un ideal infantil, dañando de forma significativa la autoimagen cuando la realidad impide la satisfacción de un deseo de logro.

Las angustias de cualquier joven en la actualidad ya no radican en las prohibiciones como en décadas pasadas, sino en la duda y la inquietud sobre si seré capaz de lograr lo que se propone. Esto genera individuos ansiosos, dominados por grandes incertidumbres y sin la capacidad de reflexionar cuando la frustración golpea la puerta de su realidad. Da la impresión de que todos debemos ser exitosos siempre en todo y frente a todos; esto es una trampa para el adolescente que necesita de las frustraciones para crecer y aprender.

Las angustias de cualquier joven en la actualidad ya no radican en las prohibiciones como en décadas pasadas, sino en la duda y la inquietud sobre si seré capaz de lograr lo que se propone.

La sociedad de los medios de masa promueve la cultura del consumo y la imagen como una de las grandes medidas del bienestar subjetivo, y en definitiva de la felicidad. Aquí no existe el límite para gastar ni consumir, pero aquello es una trampa, pues todo crecimiento mental requiere de una continua comunicación, en primer lugar con nosotros mismos y, por otra parte, con quienes nos rodeamos.

El adolescente, a partir de la verdad de quien es, debe aceptarlo para luego proponerse cambios y aprendizajes que le permitan avanzar paso a paso hacia el logro de la adaptación saludable entre los ideales y lo que es posible conseguir con sus talentos y habilidades. Es posible que esto pueda ayudarlo a mirar el futuro con optimismo, especialmente cuando además puede ayudar a otros a partir de su experiencia, mostrando así que los caminos en la vida son todos muy distintos, incluso en una misma familia, y no por ello debe sentirse amenazado ni frustrado.

Roberto Sepúlveda Yévenes
Académico Facultad de Psicología
Universidad San Sebastián

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