El desafío de enfrentar una enfermedad grave en familia

06 de diciembre de 2018

Una dificultad que se observa en las familias es el no poder expresar sus emociones como la pena, la rabia, el miedo a lo que vendrá y no compartirlas con su entorno más cercano.

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A partir del diagnóstico de una enfermedad médica grave (por ejemplo, el cáncer) se genera un impacto emocional, de diversa magnitud, tanto en la persona que es diagnosticada como en su entorno familiar más cercano.

La familia de la persona diagnosticada entra en un período de transición, caracterizado por la confusión y el malestar. Esta dinámica implica múltiples desafíos para los distintos niveles de funcionamiento familiar.

Se considera que el diagnóstico de una enfermedad grave genera una crisis en la familia, abriendo un período de transición crítica que requiere ser apoyado, para sostener este proceso y atender las necesidades particulares de cada miembro de la familia, así como considerar el impacto que significa para todo el grupo familiar.

Es necesario también ampliar la mirada para ver cómo este diagnóstico influirá en los demás miembros de la familia.

Habitualmente la preocupación inicial se centra en aquel miembro de la familia que ha sido diagnosticado y, a partir de ese momento, la atención se centra casi exclusivamente ahí. No obstante, es necesario también ampliar la mirada para ver cómo este diagnóstico influirá en los demás miembros de la familia.

Las familias que se enfrentan a un diagnóstico de esta índole, deben movilizar distintos tipos de recursos para mantener la estabilidad y al mismo tiempo ser capaces de reorganizar su funcionamiento, para adaptarse a las nuevas condiciones y desafíos que plantea el diagnóstico.

Una de las áreas que se ven afectadas es el curso del desarrollo del ciclo vital familiar. Dependiendo de la duración de la enfermedad y la severidad de ésta, se van a ver afectados los procesos de desarrollo individual de cada uno de los miembros, en el caso, por ejemplo, del ajuste en las tareas del desarrollo de niños, niñas y adolescentes si quien está cursando la enfermedad es alguno de los adultos (madre o padre), o si quien es diagnosticado es uno de los hijos.

Al no poder hablar de estos dolores y dificultades, se van generando sensaciones de aislamiento y vivencias de soledad que vienen a complejizar el cuadro y a generar otras dificultades.

Una dificultad que se observa en las familias es el no poder expresar sus emociones como la pena, la rabia, el miedo a lo que vendrá y no compartirlas con su entorno más cercano. Eso con la idea de “no preocupar a los demás” y no generar aún más dolor en los demás miembros de la familia. Cuando se instala en las familias esta dinámica relacional, el “no te muestro mi dolor para que no te duela a ti”, sostenida en la idea de que si hablo será peor, al no poder hablar de estos dolores y dificultades, se van generando sensaciones de aislamiento y vivencias de soledad que vienen a complejizar el cuadro y a generar otras dificultades.

La invitación entonces es a buscar apoyo. Se debe entender que, ante un diagnóstico de una enfermedad grave, es necesario articular un soporte emocional que contemple no solo a quien es diagnosticado, sino que a toda la familia. Se aconseja proveer espacios seguros y contenedores donde cada una y cada uno pueda hablar de sus dolores y, desde ahí, encontrar y canalizar los recursos resilientes y la fuerza para afrontar esta difícil situación.

María Elisa Neumann Vásquez
Académica Facultad de Psicología
Universidad San Sebastián

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