Los desafíos de la democracia según Fukuyama

15 de mayo de 2019

En el marco de los debates políticos actuales, el último libro de Francis Fukuyama incorpora algunos conceptos que considera relevantes para la comprensión de la sociedad contemporánea. 

El pensador norteamericano de origen japonés Francis Fukuyama (Estados Unidos, 1952) es una de las figuras intelectuales más influyentes en las últimas tres décadas. Cada cierto tiempo aparece con entrevistas, artículos de prensa, libros y conferencias, donde expresa su visión sobre la situación internacional y los desafíos de las sociedades actuales. Emergió con especial fuerza cuando publicó su artículoThe end of history?, en la revista The National Interest en el verano de 1989. En un texto relativamente breve, planteaba una tesis a la vez desafiante, atractiva, discutible y polémica: el liberalismo había triunfado sobre sus ocasionales contradictores, en el plano de las ideas.

Alejandro San FranciscoAsí resumía Fukuyama su convicción: “Lo que podríamos estar presenciando no sólo es el fin de la guerra fría, o la culminación de un período específico de la historia de la posguerra, sino el fin de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobierno humano… Porque el liberalismo ha triunfado fundamentalmente en la esfera de las ideas y de la conciencia, y su victoria es todavía incompleta en el mundo real o material. Pero hay razones importantes para creer que éste es el ideal que ‘a la larga’ se impondrá en el mundo material”.

Como era esperable de una afirmación que parecía tan categórica como inaceptable –la historia no puede terminar mientras haya seres humanos sobre la tierra– se iniciaron las polémicas y las contradicciones, que se sumaron a las descalificaciones. Muchas de ellas nacían sin siquiera haber leído la tesis ni los argumentos publicados en The National Interest o en las múltiples versiones que hubo en diversos lugares del mundo. Pese a sus detractores, Fukuyama logró una primera gran victoria cuando cayeron sucesivamente el Muro de Berlín y los socialismos reales, incluida la Unión Soviética, lo que parecía comprobar su tesis en el plano material, como antes él la expusiera en el ámbito de las ideas.

El último libro de Fukuyama, Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento, es una obra nacida al calor y la sorpresa del triunfo de Donald Trump en las elecciones norteamericanas del 2016 y al resultado del Brexit en Gran Bretaña el mismo año.

Hace una semana, Francis Fukuyama participó junto al Presidente Sebastián Piñera en una reflexión sobre los “Desafíos de la Democracia”, en el contexto de los Diálogos en La Moneda, que se realizan con cierta habitualidad en el palacio de gobierno. En la ocasión, como lo ha hecho en el último tiempo, el pensador norteamericano volvió sobre el tema de la democracia, pero desde otras perspectivas y observando los riesgos actuales del sistema. Entre ellos, destacó el problema de la gobernabilidad, así como se manifestó preocupado por la corrupción, que podría desestabilizar a América Latina. En otro plano, advirtió sobre los populismos de izquierdas y derechas, que por distintas vías permiten la horadación del régimen democrático.

Hace algunas semanas realizaba una advertencia similar en una entrevista, en la cual señaló que estos movimientos populistas representan “un riesgo para el sistema liberal democrático que hemos creado”, agregando que se trata de un “fenómeno global”, de una agenda distinta a la del siglo XX. A su juicio, era la manifestación del paso de “la lucha sobre asuntos económicos a una más basada en la identidad” (El País, 14 de abril de 2019).

Esa es precisamente la preocupación de su último libro: Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento (Barcelona, Ediciones Deusto, 2019). Es una obra nacida al calor y la sorpresa del triunfo de Donald Trump en las elecciones norteamericanas del 2016 y al resultado del Brexit en Gran Bretaña el mismo año, ambas situaciones difíciles de prever para los analistas, pero que responden a categorías propias de la política del siglo XXI. Por lo mismo, vale la pena tenerlas en cuenta, para no vivir apegados a moldes antiguos y que pierden utilidad a medida que pasa el tiempo.

A juicio de Fukuyama, el problema de Trump –quien sería representante del “nacionalpopulismo” a nivel internacional–, es que a los líderes populistas “no les gustan las instituciones y buscan socavar los controles y contrapesos que limitan el poder personal del líder en una democracia liberal moderna”. Esto, a la larga, va minando el sistema desde dentro, reforzado por el origen democrático del poder que se rebela contra las instituciones.

En el marco de los debates políticos actuales, el libro de Fukuyama incorpora algunos conceptos que considera relevantes para la comprensión de la sociedad contemporánea. Entre ellos menciona la centralidad de la identidad, que en la izquierda se expresa a través de grupos específicos (mujeres, hispanos, comunidades LGTB, refugiados y otros), mientras la derecha redefine su postura como “patriota”, que privilegia la identidad nacional, incorporando categorías como el origen étnico o la religión. De hecho, parte del problema de la izquierda, que la llevaría a perder elecciones y relevancia, es “que se ha centrado en grupos cada vez más pequeños marginados de maneras específicas”, en vez de “fomentar la solidaridad en torno a grandes colectividades”, como fueron en su tiempo los “explotados” o la “clase trabajadora”, bases políticas tradicionales de las izquierdas durante décadas.

Resulta interesante la afirmación de que una de las características de la política mundial “es que las nuevas fuerzas dinámicas que la conforman son partidos y políticos nacionalistas y religiosos, las dos caras de la política de la identidad, en lugar de los partidos de izquierda de clase, tan prominentes en la política del siglo XX”.

En el libro aparecen otros conceptos importantes para Fukuyama. Uno de ellos es la política del resentimiento, que apela a la dignidad de grupos ofendidos, desprestigiados o ignorados. Estos grupos buscan reconocimiento y restitución de su dignidad, con gran peso emocional en la vida pública. Todo esto permite explicar en buena medida ciertas tendencias de la política del mundo actual, como el populismo y sus adhesiones o la democracia y sus vaivenes. Algunos han captado muy bien estas tendencias, para éxito de sus candidaturas y deterioro de la democracia.

Algunas reflexiones conviene mirarlas con mayor detención, y ciertamente no es necesario compartir cada una de las tesis del autor, aunque sí vale la pena tomarlo en serio e intentar comprenderlo en su reflexión de fondo, porque aporta al debate con seriedad y nos hace pensar con más profundidad, incluso cuando discrepamos de él. Por lo mismo, carece de sentido descalificarlo porque no compartimos su visión o no nos gustan sus conclusiones, sin siquiera haberlas analizado. Por ejemplo, resulta interesante la afirmación de que una de las características de la política mundial “es que las nuevas fuerzas dinámicas que la conforman son partidos y políticos nacionalistas y religiosos, las dos caras de la política de la identidad, en lugar de los partidos de izquierda de clase, tan prominentes en la política del siglo XX”. Recordemos que en su artículo de 1989 había planteado, precisamente, que existían dos tendencias que podían ir a contracorriente de la marea ideológica liberal, y ellas eran los nacionalismos y las religiones, que hoy emergen como factores políticos decisivos.

En cuanto a la democracia misma, no cabe duda de que está viviendo un momento especial. Por lo mismo, debe entender la vida actual y adecuarse a las circunstancias de cambio histórico, los desafíos crecientes y algunos peligros más o menos difíciles de enfrentar. Para ello no es necesario rechazar la realidad, como la conformación de identidades, sino ser capaces de canalizar su valor y ponderar adecuadamente su dimensión. Como concluye Fukuyama, “el orden político nacional e internacional dependerá de la existencia continua de democracias liberales con identidades nacionales inclusivas”. Es decir, no cualquier identidad y tampoco cualquier sistema político.

Sin embargo, para que una democracia funcione no basta con la mera aceptación pasiva de las reglas de la democracia. Siguiendo a pensadores como Tocqueville y Huntington, el autor de Identidad afirma que es necesario el ejercicio de algunas virtudes positivas en la población, como condición necesaria para que las cosas funcionen. Es evidente que eso podría fallar o ser insuficiente, así como también podría extenderse la “recesión democrática” de la que hablaba Larry Diamond. Pese a ello, Fukuyama se manifiesta “optimista en general, porque no veo una alternativa real más atractiva que la democracia liberal”, a pesar de las dificultades y problemas existentes en diversos lugares del mundo, incluyendo las propias sociedades democráticas.

Alejandro San Francisco
Director Instituto de Historia
Universidad San Sebastián

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